Esta es la historia de un carro que perteneció a Diego Echavarría Misas, el filántropo antioqueño, que habitó el que ahora es el Museo El Castillo, y de cómo un vehículo, apodado en una época como "mala suerte", logró sobrevivir al óxido y al olvido, para volver a brillar como un Packard Limousine modelo 48.
La historia la reconstruye Humberto Tamayo, su propietario actual, desde febrero de 2010, quien lo muestra hoy, por primera vez, en el XV Desfile de autos clásicos y antiguos.
Cuando lo encontró, había permanecido guardado en el parqueadero de un edificio de El Poblado, por casi una década.
Pero para conocer los orígenes de este Packard, elegante y con cierto aire "diplomático" clásico si se quiere, habría que empezar cuando don Diego lo adquirió luego de que dos de ellos fueran exhibidos en una exposición en Estados Unidos, en 1947.
Uno lo compró el Sha de Irán y el otro vino a templar a esta ciudad de escarpadas faldas, donde el carro con un motor en línea de 8 pistones, se desplazaba suave y silencioso.
Entonces habría que imaginar a don Diego, sentado en el asiento de atrás, leyendo un libro o el periódico, mientras su conductor, adelante, lo llevaba a supervisar cada una de sus iniciativas económicas o sociales.
Fue de este carro, cuenta Humberto, en el que los secuestradores se lo llevaron cuando llegaba a su residencia El Castillo, en 1971, un suceso que terminó con su muerte.
Comienza el periplo
El carro quedó, entonces, en manos de su esposa, la alemana Benedikta Zur Nieden, quien lo dejó guardado en el garaje de su casa, hasta que antes de salir de viaje para Estados Unidos, le encargó a un mecánico el montaje del motor.
A su regreso, un año después, no encontró rastro del taller ni del mecánico, y menos aún del carro. Luego de reportarlo a la policía, se inició una pesquisa que dio con el vehículo al lado de un tugurio, en un lote, expuesto a la lluvia y al sol.
Decidió regalárselo a la secretaria privada de su esposo, Dora, quien se lo dejó a un sobrino médico, Francisco Delgado, Pocho, como lo decían, quien se dedicó a investigar sobre los Packard.
En realidad, de este modelo solo se hicieron un poco más de 140 vehículos y con la producción tan limitada y la fábrica cerrada, el galeno empezó una tarea metódica en compañía de su hermano Álvaro.
A través del Club Packard, en Estados Unidos, fueron pidiendo uno por uno, los elementos esenciales y los accesorios, que se necesitaban para su restauración.
Sin embargo, de nuevo un hecho trágico se interpuso. Cuando Pacho bajaba en su carro, por la autopista Medellín-Bogotá, murió por una "bala perdida", según relata Humberto.
Así empezó a circular el rumor y se creó la leyenda de que este carro estaba "salado".
La familia, decidió de nuevo guardar el carro y suspender toda labor, hasta que al final decidió ponerlo a la venta. Así lo encontró Humberto y durante un poco más de siete meses, lo dejó ciento por ciento original.
"Igual a como don Diego lo quiso tener cuando él lo compró".
Su motor volvió a rugir de nuevo. La máquina estaba intacta pero tuvo que reparar las ralladuras y estragos del tiempo. Y con ello el carro que por tres décadas permaneció olvidado, incluso para los registros del Club Packard, que lo daban por perdido, hoy es una estampa digna de verse.
Con ello parece que al fin se conjuró la mala suerte que se decía le acompañaba.
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