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¿Podrá Donald Trump acabar con el régimen cubano?

Estados Unidos ha intensificado la presión sobre Cuba, mientras explora un posible acuerdo con el gobierno de la isla para evitar un colapso político repentino. Tras las operaciones que debilitaron a los regímenes de Venezuela e Irán, surge la pregunta de si Washington intentará forzar también un cambio en La Habana.

  • El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, confirmó el viernes que su país mantiene conversaciones con Estados Unidos. FOTO GETTY
    El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, confirmó el viernes que su país mantiene conversaciones con Estados Unidos. FOTO GETTY
Daniel Rivera Marín

Editor General

Sandra Segovia Marín

Digital - Alcance

14 de marzo de 2026
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En su segundo mandato, Donald Trump llegó más decidido, más audaz y, sobre todo, con la sensación de que esta vez no puede dejar tareas a medias. Si en su primera presidencia hizo del lema Make America Great Again una promesa de restauración nacional, ahora parece haberlo convertido en una doctrina de intervención política, económica y militar mucho más agresiva.

A diferencia del Trump de 2017, este regresó al poder con menos frenos, con más experiencia institucional y con un objetivo más nítido: no repetir lo que considera los errores de su primer gobierno, esos que —según su propio relato— terminaron facilitando la victoria de Joe Biden en unas elecciones que él jamás dejó de llamar fraudulentas.

Ese nuevo Trump ya dejó su huella en Venezuela e Irán. En el primer caso, la captura de Nicolás Maduro alteró por completo el tablero político regional. En el segundo, la muerte del ayatolá Alí Jamenei en medio de los bombardeos conjuntos de Estados Unidos e Israel abrió un escenario de guerra incierta en Medio Oriente. Y justo esta semana, cuando Cuba reconoció que mantiene conversaciones con Washington, volvió a aparecer una pregunta que durante décadas ha perseguido a la política exterior estadounidense: ¿puede Donald Trump acabar con el régimen de los Castro?

La duda no es descabellada. Tampoco es nueva. Lo distinto ahora es el contexto. Cuba atraviesa una de las peores crisis económicas y energéticas de su historia reciente; Venezuela ya no funciona como salvavidas petrolero; México no ha podido compensar esa ausencia; y la Casa Blanca, empujada por Marco Rubio, parece haber decidido que la isla entró en la fase final de su agotamiento histórico. Pero una cosa es asfixiar a un régimen y otra, muy distinta, es desmontarlo sin provocar un vacío de poder, una crisis humanitaria o una ola migratoria de proporciones impredecibles.

Para entender qué está en juego conviene mirar primero el estilo de Trump en este segundo mandato. Durante su primer año ha impuesto aranceles a cerca del 80% de los países, endurecido su política migratoria hasta extremos inéditos, declarado como organizaciones terroristas al Clan del Golfo, al Tren de Aragua, a la Mara Salvatrucha y al llamado Cártel de los Soles, bombardeado “narcolanchas” en el Caribe y el Pacífico, sancionado a Gustavo Petro con su inclusión en la Lista Clinton y retiro de visa, y participado en operaciones de altísimo impacto contra Nicolás Maduro y el aparato de poder iraní.

Puede que muchas de esas decisiones parezcan desmesuradas. También puede decirse que son coherentes con el personaje. Trump no es un político tradicional: es un empresario que llegó a la política con la convicción de que los Estados, como las compañías, deben actuar de acuerdo con sus intereses y sin demasiada culpa moral. Su lógica no es la de la diplomacia clásica, sino la del cierre de negocios: presionar, tensar, dividir al adversario, golpear donde más duele y luego sentarse a negociar desde una posición de fuerza.

En Cuba, sin embargo, esa fórmula se vuelve más compleja. La isla no tiene el petróleo de Venezuela, ni la relevancia estratégica del estrecho de Ormuz en Irán, ni la capacidad de alterar directamente los mercados energéticos globales. Su importancia para Trump parece estar menos asociada a la economía dura que a una mezcla de cálculo político, memoria ideológica y simbolismo hemisférico. Cuba sigue siendo, para buena parte de la derecha republicana y del exilio cubano en Florida, la gran espina de la Guerra Fría que Estados Unidos nunca pudo sacar del todo.

Por eso el papel de Marco Rubio resulta clave. Hijo de inmigrantes cubanos, Rubio no solo es secretario de Estado; es, además, el funcionario en quien Trump ha depositado la gestión de los asuntos latinoamericanos más delicados. Durante años fue uno de los políticos estadounidenses que con más insistencia pidió la caída del régimen cubano. Pero ahora, paradójicamente, su tono parece haber cambiado.

Según un reportaje reciente de The New York Times, la administración Trump está insinuando un enfoque distinto: más que exigir la caída inmediata del liderazgo comunista, estaría buscando un acuerdo que evite el caos mientras empuja gradualmente cambios económicos y, eventualmente, políticos. El diario sostiene que Trump parece aplicar a Cuba una versión de la estrategia usada en Venezuela: primero desarticular el centro del poder, luego cooperar con un sucesor o con sectores del régimen para asegurar estabilidad y ventajas estratégicas para Washington, dejando para después la discusión de fondo sobre una transición plena.

La propia declaración de Rubio apunta en esa dirección. “Cuba necesita cambiar”, dijo tras reunirse con líderes caribeños. Pero añadió algo revelador: “No tiene que cambiar de golpe. No tiene que cambiar de un día para otro. Aquí todos somos maduros y realistas”. La frase no es menor. Viniendo de quien durante años habló de la “brutal dictadura” cubana y se opuso ferozmente al deshielo de Barack Obama, sugiere que Washington ya no está pensando en una toma abrupta del poder, sino en una transición negociada, controlada y, sobre todo, sin anarquía.

Eso ayuda a explicar por qué las conversaciones admitidas por Miguel Díaz-Canel esta semana merecen ser tomadas en serio. “Funcionarios cubanos han sostenido recientemente conversaciones con representantes del gobierno de los Estados Unidos”, dijo el mandatario en una reunión con el Partido Comunista y el Consejo de Ministros. Aseguró además que esos contactos buscan “soluciones por la vía del diálogo” a las diferencias entre ambas naciones. La frase sería extraordinaria en cualquier otro momento de la historia cubana; lo es más todavía cuando se pronuncia en medio de una economía que se desmorona.

La isla está sumida en una crisis energética, alimentaria e infraestructural que ya no puede disimularse con propaganda. Los apagones prolongados, la falta de combustible, la escasez en supermercados, el deterioro de servicios básicos y la precariedad material generalizada han creado una sensación de agotamiento nacional. El golpe más duro vino con la caída de Maduro. Durante años, Venezuela fue el principal proveedor de crudo de Cuba y llegó a cubrir cerca de un tercio de sus necesidades energéticas. Con la transición forzada en Caracas, ese flujo se interrumpió. México intentó compensar parte del faltante, pero no tuvo capacidad suficiente.

En ese punto es donde el reportaje de The New York Times ilumina un aspecto crucial: la administración Trump no solo cortó el acceso de Cuba al petróleo venezolano tras la captura de Maduro, sino que, el 29 de enero, emitió una orden ejecutiva amenazando con imponer aranceles a cualquier país que vendiera o suministrara crudo a la isla. México, señala el diario, dejó desde entonces de enviar más petróleo. El resultado fue una espiral descendente que obligó a Cuba a reducir semanas laborales y escolares y a reconocer que ni siquiera podía seguir abasteciendo de combustible a los aviones extranjeros. Para varios analistas citados por el periódico, esta crisis es la mayor amenaza a la supervivencia del régimen desde 1959.

Ahora bien, si la economía cubana está tan debilitada, ¿por qué Estados Unidos no remata de una vez y fuerza una caída inmediata? La respuesta también aparece en el texto del New York Times: por miedo al vacío. Según el diario, Trump no desea un colapso súbito en La Habana. Lo temen Washington, Rubio y el aparato de seguridad estadounidense. Las razones son varias: un derrumbe abrupto podría desencadenar violencia, crisis humanitaria, ajustes de cuentas dentro del aparato estatal y, sobre todo, una nueva ola migratoria masiva hacia Florida. Las experiencias de 1980 y de mediados de los noventa siguen funcionando como advertencia histórica para cualquier presidente estadounidense.

Rubio mismo lo reconoció. “Estamos a 145 kilómetros de distancia, y Estados Unidos ya ha experimentado migraciones masivas desde Cuba en el pasado”, dijo cuando le preguntaron por ese riesgo. En otras palabras: una transición caótica en Cuba tendría un costo político interno enorme para Trump. Y ahí está una diferencia decisiva con Venezuela. Caracas, pese a todas sus turbulencias, le ofrece a Washington un premio económico concreto: petróleo. Cuba, en cambio, tiene una economía más cerrada, menos exportadora y con menor valor material inmediato.

Como plantea Jason Marczak, citado por The New York Times, los disturbios en Cuba tendrían poco impacto económico fuera de sus fronteras, pero sí un enorme impacto migratorio y humanitario. La pregunta entonces no es si Trump quiere que el régimen cubano termine. Lo quiere.

La pregunta real es cómo quiere que termine. Y en ese “cómo” aparecen los matices. De acuerdo con el reportaje, Rubio ha sostenido conversaciones con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, conocido como “El Cangrejo”. La existencia de esos contactos sugiere que Washington busca una figura interna, o al menos una facción del régimen, capaz de administrar un desmonte sin que la isla entre en combustión. Es, de nuevo, la lógica venezolana: no destruir por destruir, sino romper la cúpula y luego pactar con alguien que permita estabilidad.

Pero ahí también asoma el gran obstáculo cubano. A diferencia de Venezuela, donde el chavismo es un régimen más reciente y más atravesado por facciones, el sistema cubano lleva casi setenta años sedimentando una cultura de control, obediencia y supervivencia institucional. No existe oposición organizada con capacidad real de disputar el poder dentro de la isla. “Todos están en la cárcel o en el exilio”, dijo a The New York Times la investigadora María José Espinosa. Y varios analistas citados por el diario dudan de que exista en La Habana una figura equivalente a Delcy Rodríguez, alguien dispuesto a negociar una transición mientras conserva parcelas de poder.

Eso hace que el escenario cubano sea más difícil que el venezolano. La estructura del poder comunista está más arraigada y más curtida en resistir. De hecho, la historia está llena de pronósticos fallidos sobre el inminente colapso de la Revolución.

Uno de los documentos citados por The New York Times recuerda que en 1993 la inteligencia estadounidense calculaba que había “más del 50 % de probabilidades” de que el gobierno de Fidel Castro cayera en los años siguientes. No cayó.

Por eso conviene desconfiar de las profecías fáciles. Trump ha mostrado que puede forzar límites que otros presidentes no se atrevieron siquiera a tocar. Capturó a Maduro. Ayudó a desarticular el mando supremo iraní. Ha asfixiado energéticamente a Cuba y ha abierto canales de negociación con sectores del poder castrista. Todo eso era impensable hace pocos años. Pero de ahí a concluir que el régimen cubano está a días de desaparecer hay un salto que la historia aconseja no dar.

Lo que sí parece claro es que Cuba ya no está en el lugar inmóvil donde estuvo durante décadas. El régimen luce más débil, más aislado y más obligado a hablar con su principal enemigo. Trump, por su parte, parece decidido a empujar hasta el límite, aunque sin asumir —todavía— el costo de un derrumbe total. Puede que no busque una toma militar de La Habana, pero sí una rendición progresiva del modelo que los Castro sostuvieron durante más de medio siglo.

La gran ironía es que el final del régimen cubano, si llega, tal vez no ocurra como una gran escena de liberación, sino como una negociación lenta, humillante y pragmática entre un sistema exhausto y un presidente que convirtió la presión extrema en su forma preferida de gobernar el mundo.

Si algo enseñan Venezuela e Irán es que Trump ya no se conforma con contener a sus adversarios: quiere moldear el desenlace. Cuba, sin embargo, podría ser la prueba más difícil de todas. No porque el régimen sea invulnerable, sino porque incluso en su decadencia todavía conserva algo que otros ya perdieron: la costumbre histórica de sobrevivir contra el pronóstico.

LA CRISIS ENERGÉTICA QUE ASFIXIA A CUBA

Durante años, Venezuela fue el principal proveedor de petróleo de Cuba, enviando crudo que llegó a cubrir cerca de un tercio de las necesidades energéticas de la isla.

Tras la captura de Nicolás Maduro, la administración Trump presionó para que Caracas suspendiera esos envíos. Posteriormente, Washington amenazó con imponer aranceles a cualquier país que suministrara petróleo a Cuba, lo que terminó afectando incluso a México, el último gran proveedor.

La escasez de combustible ha obligado al gobierno cubano a reducir jornadas laborales y escolares, limitar el transporte y enfrentar apagones prolongados en todo el país.

Para varios analistas citados por The New York Times, esta crisis energética representa la mayor amenaza para la supervivencia del régimen desde la revolución de 1959.

EL FANTASMA DEL ÉXODO CUBANO

Uno de los mayores temores de la administración Trump ante un posible colapso del régimen cubano es una nueva ola migratoria hacia Estados Unidos.

La isla se encuentra a apenas 145 kilómetros de Florida, lo que históricamente ha convertido cualquier crisis política en un problema inmediato para Washington. Estados Unidos ya enfrentó situaciones similares en el pasado. En 1980, durante el éxodo del Mariel, más de 125.000 cubanos llegaron a las costas de Florida en pocos meses. A mediados de los años noventa ocurrió otra crisis migratoria que obligó a la administración de Bill Clinton a improvisar centros de detención para balseros.

Según el secretario de Estado Marco Rubio, una transición abrupta podría desencadenar un escenario parecido. Analistas citados por The New York Times advierten que el colapso económico de Cuba podría provocar migraciones masivas por mar, violencia interna y demandas de intervención estadounidense

Lea también: ¿Quién es “El Cangrejo”, el nieto de Raúl Castro que aparece en el centro de los contactos con EE. UU.?

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