La carrera republicana a la Casa Blanca es definitivamente cosa de dos.
Las primarias de Alabama y Misisipi, el martes, confirmaron que el exsenador por Pensilvania, Rick Santorum , es el único candidato con posibilidades de impedir la nominación del favorito Mitt Romney , exgobernador de Massachusetts.
Lo tiene complicado. Romney lidera con claridad en el cómputo de delegados, que son los que eligen al candidato republicano que en noviembre intentará desalojar al demócrata Barack Obama de la Casa Blanca.
El favorito ha ganado más estados y votos que nadie. Atesora más dinero y dispone de una organización más engrasada. Pero en las elecciones de Estados Unidos no todo es matemático y racional.
Si lo fuese, Hillary Clinton , y no el novato e inexperimentado Obama, habría sido la nominada demócrata en el 2008.
Antes de comenzar las primarias de aquel año, ella era la candidata inevitable, como lo es Romney. Ahora se hace difícil imaginar cómo Santorum podría vencer a Romney, que le dobla en número de delegados.
Pero la victoria del primero en Alabama y Misisipi, estados del Sur profundo, arrojan nuevas dudas sobre la solidez del favorito y su capacidad para atraer a las bases del partido. Hasta junio, cuando terminen las primarias y asambleas electivas (caucus), la campaña será una batalla estado a estado, delegado a delegado.
También será una batalla entre un pragmático (Romney) y un ideólogo (Santorum), entre quienes buscan un candidato que pueda derrotar a Obama y quienes exigen ante todo pedigrí conservador.
El interrogante inmediato es qué hará Newt Gingrich . El expresidente de la Cámara de Representantes disfrutó de su momento de gloria en enero, cuando derrotó a Romney en Carolina del Sur.
La semana pasada ganó en su feudo electoral de Georgia. Pero la incapacidad para ganar otros estados sureños -a primera vista, su hábitat natural- coloca su campaña ante un muro. Él dice que no piensa abandonar. Y así beneficia a Romney. ¿Por qué?
Gingrich y Santorum se disputan el voto conservador que recela de Romney, por moderado y elitista. Y lo dividen. La única opción de Santorum para frenar a Romney sería que Gingrich renunciase, con lo que podría aglutinar a la derecha religiosa y a los conservadores afines al movimiento populista Tea Party.
Para Santorum, sumar los 1.144 delegados necesarios para proclamarse candidato se antoja casi imposible. Pero puede impedir que los consiga Romney.
Si nadie obtuviese la mayoría, el candidato podría decidirse, por primera vez en décadas, en la convención, que este año se celebra en agosto en Florida. Lo habitual es que la convención sea una plataforma mediática para proclamar al candidato decidido de antemano en las primarias.
Romney cree que Santorum no tiene ninguna opción y que él sólo tiene que acumular pacientemente delegados hasta hacer desistir a los rivales o alcanzar la cifra mágica.
El martes, pese al triunfo de Santorum, el exgobernador acabó con más delegados. Además del Sur profundo, votaron Samoa y Hawái. En total Romney le sacó a su rival seis delegados de ventaja, según el cálculo de AP.
Hoy vota Puerto Rico, y el martes Illinois, el próximo gran estado en el que Romney y Santorum se medirán. Aunque al final los que decida sean los delegados, "las percepciones cuentan", como escribe el periodista Chris Cillizza en The Washington Post.
Y la percepción es que, con menos dinero y una organización más improvisada, Santorum logra una y otra vez frustrar las ambiciones de Romney, que se considera el candidato inevitable pero no acaba de sellar la nominación.
El exsenador se presenta como el conservador auténtico y anti "establishment" que conecta con las bases. En el Sur, se impuso entre los partidarios del Tea Party y los cristianos evangélicos.
Algunos recelan de Romney porque es mormón, una religión exótica para la mayoría de EE.UU..
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