La música viene del piano que está en la esquina dando la espalda. No se ve la cabeza del pianista, pero la melodía suena, deliciosamente, si cabe la palabra. Y entonces, ella, que medirá poco más de un metro, casi que salta de la silla.
Laura Melissa Cano tiene 11 años. Toca el piano y también el violín, precisamente, porque es complicado y "me tengo que esforzar mucho".
Lo dice con su voz calmada, con una seriedad pequeña, pero grande, a la vez. Será por lo mismo por lo que alguna vez sorprendió a su mamá, Alba Lucía Cano, diciéndole que a veces se sentía una adulta en el cuerpo de una niña.
Empezó a estudiar música porque tenía mucho tiempo libre. Tanto que en los recreos de la escuela prefería leer un libro de Édgar Allan Poe, que ponerse a jugar.
Y entró a la Casa de la Cultura de Itagüí y se encantó tanto con la música que ahora ensaya entre cinco y diez horas diarias, anda estudiando la escuela con un plan especial y tiene clarísimo, ni siquiera claro, qué quiere hacer y ser en su vida: "pianista, violinista, compositora y directora de orquesta. Terminar la vida haciendo lo que me gusta".
Por eso quizá tocar con los grandes de la Orquesta Filarmónica de Medellín, los que ya saben que son músicos, le parecen un "gran ejemplo", porque le recuerda que "yo quiero llegar a ser así".
Desde muy pequeños
Aunque Laura es la más pequeña de los músicos del concierto que esta noche traerá a Tchaikovsky al Teatro Metropolitano, con ella están otros jóvenes que también empezaron a enamorarse del instrumento cuando su edad alcanzaba apenas una cifra.
Sebastián Gaviria, por ejemplo, ha crecido con el violín en estos diez años que lleva con él. Empezó a los cinco, quizá influenciado por sus dos hermanos, músicos también.
Ahora recuerda que el instrumento, a esa edad, si acaso era la mitad de su brazo. "Lo elegí por su color y sonido". Ya está en cuarto semestre de preparatoria en la Universidad de Antioquia, mientras el colegio lo termina en la noche.
Porque hay jóvenes con la agenda llena y ellos. "Estamos ocupados todo el día y todos los días", se ríe Santiago Isaza, con 18 años y casi la mitad entre el violonchelo. Y están ocupados, agrega él, porque hay que estar buscando las oportunidades, pendiente de cualquier espacio para tocar y aprender. "A mí lo que me gusta de esto es que no es monótono. La música no es igual y tienes que emplear recursos diferentes".
Bueno, no pueden negar que a veces, por supuesto, también les da ganas de decir que hoy no quieren ensayar. Que les gustaría salir a jugar fútbol o irse con las amigas.
"A uno le da pereza, pero llega a ensayar y recuerda que esto es lo que le gusta. Uno está aquí porque quiere", explica Sara Galindo, de 15 años, que también interpreta el violín y que cuando estaba más pequeña le decía a la mamá que no quería seguir, pero ella le decía que intentara.
"A veces uno se sentía obligado, pero ahora se da cuenta que esa obligación sirvió, porque esto es lo que uno quiere".
Melissa Cano, por ejemplo, dice que llegó a la música sin que le gustara. Era niña, seis años, y la mamá la entró a la escuela de música del barrio.
Y aunque en ese entonces soñaba con estudiar medicina, a los 16, ya con el colegio terminado ("hice once en cinco meses"), sabe que la música es su pasión. "Me acuerdo que yo vi a la profe con el violín, me pareció que tocaba muy bonito y dije, voy a ser así".
Jóvenes que saben que no basta con el talento, sino que hay que desarrollarlo y dedicarse. "Mi mamá me ha enseñado que todo es a punta de esfuerzo", comenta Laura.
Y eso, lo tienen en su cabeza, casi como una ley que disfrutan, y que se les nota, cuando aún sin que comience el ensayo, toman el violín o el violonchelo o el piano, y dejan que suene la música.
Porque para la muestra, una nota o una partitura. Esta noche, cuando estén con los grandes, con los músicos de la Orquesta Filarmónica, lo saben sin duda, y para eso han estudiado todos estos días, tienen que estar a la altura.
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