Desde el segundo piso de un edificio de cinco que contuvo la avalancha y evitó que la tragedia fuera mayor, Lizarazo actúa como un orador y, a la vez, rescatista de lo que fue suyo.
Orador porque es el único que da respuestas a todo el que llega a curiosear o a llevar ayudas, y porque les comparte con cierto tono de rabia que no va dejar que le roben los pocos enseres que le quedan.
Pala en mano y cigarrillo en los labios, el hombre limpia la tierra y los escombros que aún quedan en las alcobas y que aplastaron sus enseres. "La retroexcavadora fue la que tumbó el paredón, porque el día del derrumbe quedó intacto", se duele al apreciar el daño interno.
Hace una pausa, se quita la camisa, bebe agua de un porrón y notifica su decisión de armar cambuche para dormir y cuidar sus cosas. "Esto ya no lo cuidan mi rey, me voy a armar de un machete porque le temo a los vivos, los muertos no vuelven".
Él, Rodolfo Lizarazo, tuvo que dejar su puesto de venta de frutas en el parque de Fontidueño para "regar" donde amigos a su esposa Adiela, a sus hijas Xiomara y Paola, y a sus nietos Manuela, Brayan y 'la Pajarita'.
En la del primer piso, Fabiola Torres y su hijo Juan revisan lo que quedó de su casa, esta sí con más destrozos. "Necesitamos ayuda para el trasteo y no hay quién responda", dice.
Otras vecinas, María Elisa y Deisy Jaramillo, se quejan que la vigilancia ya es muy poca y el edificio quedó abierto, expuesto a los ladrones.
Un edificio que es toda una historia de solidaridad, construido por la Corporación Monseñor Romero, en el que sus actuales moradores, muchas mujeres, tuvieron que ayudar a mover tierra, "tarriar" y poner adobes.
Lo llaman edificio Ríos, en agradecimiento a una familia española que donó dinero para resolver la necesidad de vivienda de 10 hogares que se salvaron por lo bien hecha que quedó la estructura de cinco pisos, tanto que ayudó a contener la fuerza de la avalancha.
Al lugar también llegaron los esposos Liliana y Raúl Ramírez, a quienes se les cayó su casa la semana pasada en La Camila y siguen sin albergue, pero no se les resolvió nada porque ayer no hubo voceros del Municipio.
Las retroexcavadoras también dejaron de rugir ayer y los rescatistas tuvieron una pausa después de 14 días en que recuperaron 82 cuerpos.
En el albergue principal la empresa Frisby les regaló una jornada recreativa y el almuerzo a los damnificados, que disfrutaron de una mañana de sol.
Hasta él llegaron amigos del barrio Boston, liderados por la familia Franco, para regalar mercados, mecato a los niños y kits de aseo personal a las niñas y mujeres adultas.
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