Las lecturas de la misa de hoy nos enseñan a utilizar bien el tiempo porque lo único de que estamos seguros es que nos vamos a morir.
Ante esta certeza hay dos actitudes. Una es la de los que se sienten atrapados en los pocos años que dura una vida humana y tratan de tener poder, dinero, propiedades, y el mayor placer personal dentro de los límites infranqueables de ese tiempo.
Para estas personas la seguridad está en tener cosas, y se equivocan. Por eso Jesús, en la parábola que trae hoy el Evangelio, cuenta que Dios le dice al hombre que había logrado seguridad acumulando cosas: "Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?". Lucas 12, 13-21.
Desgraciadamente, la sociedad de consumo ha metido a la mayoría de la gente en esta locura de que la seguridad es llegar a tener el mayor número de cosas acaparables el día de la muerte. Experimentar todas las sensaciones, comprar cosas inútiles, tener carros, casas, fincas, cachivaches electrónicos, ropa de sobra, dinero para poder acceder a todo.
Esta locura del consumismo está destruyendo el planeta y arrasando con las riquezas naturales de Colombia. Sacar ya todo el oro, vender los árboles de todas las montañas, extraer todo el petróleo, poseer miles de hectáreas de tierra.
Es la avaricia y la codicia, de todos los lados, que han dado origen a la violencia que se tragó al país. Por eso el mensaje de san Pablo a los colosenses en este domingo: "No se sigan engañando unos a otros... acaben con la codicia y la avaricia que son idolatría".
La otra actitud es la de las personas sabias que no se consideran atrapadas en los pocos años de la vida, sino que están convencidos que la existencia humana no termina con la muerte. Son las mujeres y los hombres que se deciden a vivir como Jesús vivió. Los que están convencidos que Dios los invitó a participar en un amor que existirá para siempre.
Por eso disfrutan de las cosas bellas, aman generosamente como ama Dios, cultivan la amistad, la naturaleza, la estética, comparten lo que tienen con los necesitados, apoyan a otros, perdonan y trabajan por la justicia. Son los que están convencidos que no terminarán con la muerte, que no tienen miedo ni prisa ante el final de sus años, aunque no puedan poner en palabra la esperanza inmensa que les da seguridad.
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