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HISTÓRICO
Ethel Gilmour se elevó a su cielo azul
John Saldarriaga | Publicado el 23 de septiembre de 2008
En julio de 2006, cuando Ethel Gilmour presentó su instalación El pueblo y el guayacán en el Museo de Antioquia, nos dijo: "Con esta instalación no pretendo dar un mensaje profundo. Sólo que una persona se siente en esta banca y exclame: ¡Qué bonito!"

Esta idea, que encierra una posición filosófica sobre la función del arte, es la que, cada que piensan en sus cuadros, acude a la mente de quienes han conocido la obra de esta mujer que murió antenoche, víctima de cáncer, pero que sobre todo vivió más de 65 años para el arte y la libertad, que en ella eran una y la misma cosa.

Nacida en Cleveland, Ohio, en 1940, se radicó en Colombia desde 1971, luego de conocer al artista Jorge Uribe, a bordo de un tren que los llevaba por ciudades europeas.

Y desde que conoció este país de contradicciones, se dejó cautivar por el cielo azul y sus abigarrados paisajes de montaña y llano y se quedó para pintarlos.

A pesar de que estudió una maestría en el Pratt Institute de Nueva York en los años 70, justo cuando hervía el movimiento del arte pop, ella no se sentía a gusto cuando la encasillaban en esta poética.

Si bien en su obra están presentes objetos cotidianos aparentemente sin importancia -el tarro de galletas, el bombillo que pende de su cable desde el techo, el cuadro del Sagrado Corazón de Jesús, el del padre Marianito, vírgenes, el Che Guevara, el cigarrillo Pielroja-, característica del pop, ella conseguía cargarlos de significación, pues era consciente de que ayudaban a definir nuestra identidad.

Ethel Gilmour tenía sensibilidad de niña y profundidad de sabia. Tal vez eran estas dos cosas las que conseguían hacer de su obra artística una fiesta para los sentidos.