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Fútbol, ciencias ocultas y filosofía

22 de agosto de 2011
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En "aquellos tiempos", señor don Simón, el fútbol era otra cosa. Es decir, que era fútbol. Y no una especie de ciencia perfectamente inexacta pero con frutos a la vista, con vistosidad, elegancia, respeto por la pelota y por el contrincante. Cuando dije frutos a la vista me refiero a los goles, un 3-2, un 5-4, marcadores que empujaban la alegría y el sabor de ese premio que es el gol.

Dos, tres, cinco era la formación de todos los equipos hasta cuando los ingleses "inventaron", si no estoy mal, el cuatro, dos, cuatro y los italianos comenzaron con su famoso catenacho o una defensa con no sé cuántos zagueros. Dos defensas, tres medios y cinco delanteros era la fórmula de la época donde pudimos ver, los que pudimos, a un Diestéfano, un Pedernera, un Puskas, un Rossi, Zunino, Zapiraín y paremos de contar porque hasta la Honved de Hungría la vi alguna vez en Europa.

Hoy existen el enganche, el nueve falso, el marcador central, el marcador por fuera, la marcación de zona, la triangulación, el sagrado diez y otro montón de nombres y de posiciones que sólo sirven para emplear a muchos comentaristas, como en el caso argentino donde siete y más fulanos se sientan a la mesa para discutir dos horas sobre un fuera de lugar. Yo pienso que lo que está fuera de lugar es otra cosa...

PAUSA. El día de la boda el novio dio a su novia un regalo bien simbólico: un collar y una cadena.

REMIENDO. Fueron duros aquellos tiempos en que las medias, especialmente las masculinas, eran remendadas generalmente por la mamá, con sus dedos infinitamente amados. Por eso tal vez usaba yo esas medias donde las manos de mi madre reponían los tejidos que la brava juventud iba convirtiendo en inmensos huecos por donde el cuero de los zapatos nos hacían ampollas que la misma mamá "tejía" con sus caricias un poco antes de que la almohada recibiera nuestra cabeza.

Tal vez por eso evoco tan amorosamente el recuerdo de aquellas medias que en la juventud eran un agregado semanal para el oficio doméstico de la mamá. Y tal vez por eso mismo ahora, ya con tantos años y tantas medias gastadas, demoro un poco la cabeza para mirar en un hueco del aire aquellas manos tejedoras llenas de amor por el hijo y sus pequeños desastres.

Y así, con la evocación que parecía una disculpa para llenar algunos párrafos en esta ya vieja columna, me encuentro con el recuerdo que sigue siendo y será siempre un invisible abrazo para ella, para María, la que tejía mis medias y que más de una noche tuvo que remendar mi corazón desgarrado tantas veces en el mismo camino.

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