La única región en donde sería imperdonable que fuera derrotado Álvaro Uribe, es Antioquia. Y como están las cosas, nada de raro tendría que se presentara tan lamentable resultado. Sus candidatos para la gobernación del departamento y la alcaldía de Medellín, no han despegado con la fuerza suficiente de cautivar votantes en el número requerido para la victoria.
La demora de Uribe Vélez por haber logrado una alianza con el conservatismo, ha conducido a una situación de difícil resultado para lograr un éxito electoral. Si desde antes de la consulta conservadora se hubieran sentado a dialogar y a pactar el expresidente Uribe con los llamados jefes naturales del conservatismo, otro sería el cantar. Seguramente se habría logrado consenso de buenos candidatos, tanto uno conservador para la gobernación como uno de la U para la alcaldía de Medellín.
Muchas vacilaciones y prolongados ires y venires en el ejercicio de las jefaturas, precipitaron, por un lado, la consulta azul que no optó por el mejor camino para señalar un aspirante regional que aglutinara la militancia desperdigada de esa colectividad, como por el otro, a un cónclave de santistas y uribistas que excluyó, para el poder local, a quien más recorrido y capacidad tenía para despertar el fervor de sus copartidarios. Ahí están las encuestas que están midiendo el poco grado de aceptación que ambos tienen frente a sus competidores.
Más aun, es tiempo de empujar soluciones posibles que logren evitar la eventual debacle uribista. Hay juegos electorales para hacer a través de pactos de gobernabilidad y evitar que el expresidente salga perdedor por partida doble. Serían derrotas que harían saltar de emoción tanto a figuras del alto gobierno que repudian solapadamente al expresidente, como a comentaristas de radio y prensa que cada amanecer le dan palo a Uribe.
Los pactos de gobernabilidad son posibles. Además lícitos y legítimos. No tiene por qué satanizarse. Se fundamentan en coincidencias ideológicas y éticas para el manejo eficiente y honrado de la administración pública. Son equivalentes a lo que hace el sector privado, nuestra clase empresarial a través de las alianzas estratégicas, de las uniones temporales, de la conformación de consorcios, para sumar recursos, voluntades y conocimientos y así elevar la productividad con el aprovechamiento de todos los medios para el mejor comportamiento en la competitividad de los negocios. Son estrategias que con transparencia, buscan aquellas coincidencias necesarias para alcanzar los objetivos que conduzcan al bien común.
Si bien Álvaro Uribe es un fajador en la lucha, que no se arredra ante ninguna dificultad y que arrastra opinión como un verdadero líder nacional, dudamos -y lo decimos con la admiración y el afecto que le profesamos- que su prestigio arrollador pueda endosarlo a sus dos candidatos. A sus dos postulantes llenos de juventud, de futuro y transparentes, pero a los cuales creemos que aún no les ha llegado la hora de vencer a los experimentados contrincantes que tienen al frente como contradictores.
Todavía es tiempo de salvar lo que ahora se presagia para Uribe como decadente ejercicio electoral. Ya nos imaginamos con qué ojos miraría el binomio Santos-Vargas Lleras a Uribe, si esta adversidad política lo cubriera en sus propios terrenos. ¿Sería acaso la matrícula definitiva a la ruptura, por lo menos emocional, entre presidente y expresidente, con graves repercusiones para la política del entendimiento nacional y aún de su protagonismo en el desarrollo regional?
Ojalá entonces prime la reflexión y se deje a un lado toda arrogancia y egoísmo. Con una pequeña dosis de humildad se podría superar la difícil encrucijada para que el gobernante, que le devolvió buena parte de la esperanza al país, no sufra un traspié electoral en su propia región.
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