Barcelona está de luto porque le han prohibido las corridas de toros, han cerrado las puertas a un legado de cultura, arte y tradición. Quienes lo hacen no es que estén a favor de los toros, cuya bravura y nobleza se prueban en la plaza envuelta toda ella con aires de sombra y sol, de dicha y emoción, vibrando al compás de un paso doble y al clarín que rompe el viento anunciando la salida de un toro negro que da miedo ver. Verónicas, chicuelinas y pases de pecho que dejan el aliento en suspenso. La muleta y el toro se funden formando una melodía de color que nada tiene que ver con el morbo de la sangre, que es pura consecuencia. Se pica para desahogar al toro, las banderillas son auténticos "alegradores" que ponen en efervescencia al astado. El toro y el torero son figuras de arte en movimiento, tal vez el último legado de valor, bizarría y nobleza en esta época de cambios. ¡Cuánta poesía nacida en la arena! ¿Cómo no recordar a un Federico García Lorca en memoria de su amigo Ignacio? ¡Qué gran torero en la plaza! / ¡Qué gran serrano en la sierra! / ¡Qué blando con las espigas! / ¡Qué duro con las espuelas! / ¡Qué tierno con el rocío! / ¡Qué deslumbrante en la feria! ¡Qué torero!
Pico y Placa Medellín
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