Como no encontraba más que la misma reseña escueta y breve de Juan José Hoyos Naranjo en las solapas de sus libros, en las antologías o compilaciones en las que aparecen crónicas suyas, en la red, en todas partes, acudí a sus columnas dominicales: en una de ellas hallé ¡al fin… un dato sobre su personalidad: toma café.
Con esta información, emitida por él en la nota de un domingo, en la cual disentía del tratamiento de los medios a la noticia de un guerrillero dado de baja, reveló que se había servido una taza de café y se disponía a leer el periódico en el comedor... Con esta información, repito, empecé a indagar sobre este hombre, reservado y tímido,. Quienes lo conocemos sabemos que, aunque haya crecido —y encanecido— sigue siendo un niño que se asoma al mundo por unos ojos de adulto.
Una vez se encontró con Alberto Salcedo Ramos en el aeropuerto de Bogotá. Invitados a hablar de periodismo en La Guajira, no pararon de hablar en el trayecto. En Riohacha, descargaron los equipajes en el hotel y salieron a caminar. Llegaron a la vía que bordea el océano. De pronto, Juan José se puso como loco: "¡el mar…". Entonces el barranquillero quedó en presencia de un hombre convertido en un niño pequeño que se quitó la ropa en un santiamén, se quedó apenas con unos calzoncillos largos que bien podían pasar por bañadores y se sumergió en el agua. Así no más.
"Me sentí feliz. Entendí que si hasta ese momento yo había creído que Juan José y yo éramos amigos, me equivocaba: en realidad éramos hermanos", dice Alberto.
Primeras letras
«Juan José Hoyos (Medellín, 1953). Escritor y periodista egresado de la Universidad de Antioquia. Ha sido corresponsal (...)». Pero lo que no cuenta la escueta reseña es que nació el 20 de enero. Tampoco, que sus ancestros fundaron San Luis, municipio del oriente antioqueño. Ni que su padre, Mario, era un comerciante que anduvo por Puerto Berrío y otros pueblos del Magdalena vendiendo madera y maíz. Ni que su mamá, Ana, añadió una hija a los cinco hijos que tuvo en esa tierra caliente, pues recibió a una niña llamada Ester de manos de su madre, quien no tenía recursos para criarla.
Sus padre le contaron que tras el Bogotazo, las cosas se volvieron tenebrosas para los liberales en Puerto Berrío y la familia optó por emigrar a Medellín. "Mi mamá llegó con los hijos y se alojó en una pensión de Guayaquil. Pronto, una hermana suya la recibió por unos días en su casa; luego pasó a vivir al Barrio Antioquia y, después, a Aranjuez, donde nacimos los otros cuatro hijos". Su padre resolvió sus asuntos y se unió a la familia, en Medellín.
Ester, de la edad de los hermanos mayores, ayudaba a Ana a criar a los Hoyos Naranjo. En un relato incluido en El libro de la vida, Juan José cuenta:
«Cuando yo tenía cinco años y todavía no tenía edad para ir a la escuela, Ester se sentaba conmigo en el quicio de la puerta, por las tardes, y se ponía a leerme un libro en voz alta, palabra por palabra. Como ella apenas había estudiado la primaria, le costaba mucho trabajo juntar las frases. Sin embargo, yo entendía la historia sin ningún problema».
Así, entre Ester y su padre, que leía con un poseso, formaron su gusto por las letras. Lila, una de las hermanas mayores, le regalaba cuentos de Las mil y una noches y, en la escuela San Agustín, el profesor Esmaragdo Gómez lo enamoró de las historias: "cada día, rezábamos y nos contaba historias. Todas las materias, menos matemáticas, nos las enseñaba con historias. Cuando llegaba el recreo, no nos queríamos mover de allí".
Y en Aranjuez, él era feliz viajando en hombros de Ester y oyendo los tangos a su paso por tiendas y bares, cuando iban rumbo al parque. En esa escueta reseña no está escrito que Juan José, el octavo de los hijos de Ana y Mario, fue acólito del templo de San Cayetano.
A Juan José lo conocí
"A Juan José lo conocí cuando tenía 16 años", cuenta Martha Ligia Vélez Moreno, su esposa. "Estudiábamos en el colegio El Rosario, de Itagüí. Él estaba en sexto; yo, en cuarto de bachillerato. Él era representante estudiantil y director del grupo de teatro. Un día, necesitaba música de Piazzolla para un montaje y terminó en mi casa buscando el disco". Lo encontró. Y también halló a la mujer con quien ha compartido 39 años. Con quien tiene dos hijos. "Hicimos fiesta cuando ganó un concurso de cuentos con un relato de un niño que se enamora de una trapecista de circo", recuerda ella.
Ahora, retirado él de enseñanza en la Universidad, ella del desarrollo social de las empresas, y ambos de los afanes, con los hijos trabajando ya cada cual en su profesión, lejos de casa, se fueron a vivir al campo, en Cisneros. "Pienso que ha valido la pena compartir el camino con Juan José. Un camino, no en línea recta, sino con sus curvas y meandros. Él es un excelente compañero de viaje", dice Martha Ligia.
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