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La vida entre dos parques

  • La vida entre dos parques |
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06 de agosto de 2011
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A veces caminamos por las calles de la ciudad sin ver casi nada, preocupados por llegar a tiempo a algún lugar, por alcanzar la acera del otro lado de la calle esquivando los carros, atentos solamente a los cambios de las luces de los semáforos. No vemos las caras de la gente que pasa a nuestro lado, ni el cielo azul, ni siquiera el esplendor de los guayacanes florecidos. Mucho menos los parques. Los atravesamos a paso largo, a veces con miedo. Los evitamos dando una vuelta.

Tengo la fortuna de vivir entre dos parques, en un barrio donde abundan los árboles. Los parques están separados por una larga calle sembrada de palmeras todavía jóvenes.

El primero está lleno de árboles de un follaje espeso que convierte cada mañana la luz del sol en un resplandor verde. Al caer la tarde, bajo sus ramas, oscurece más temprano. En uno de sus costados hay un guadual adonde cada anochecer llegan puntuales los pájaros buscando sus nidos, en medio de una alegre algarabía. A veces, cuando anochece, también llega un grupo de muchachos en sillas de ruedas, vestidos con ropa deportiva. Hacen gimnasia durante un rato, dándose ánimo unos a otros.

El segundo está situado a unos 200 metros hacia el sur y tiene en el centro un árbol de caucho inmenso cuyas raíces se extienden por el pasto como si fueran dedos de una mano gigantesca. De su tronco cuelga un aviso que dice: "No me orines que me matas". Sus ramas se elevan hacia el cielo por encima de los techos de las casas que lo circundan y pueden verse con facilidad a dos o tres cuadras de distancia. En los costados hay arbustos en cuyos brazos crecen algunas bromelias que han traído el viento o los pájaros, a lo largo de los años.

A pesar de que está en mitad de una zona urbana, el parque ha sido escenario de pequeños experimentos agrícolas de un grupo de muchachos que viven en la vecindad. Ellos, con sus propias manos, han sembrado una huerta y un pequeño jardín. La huerta estaba protegida de las pisadas de los transeúntes con varias cuerdas amarradas a trozos de madera, imitando una alambrada. Durante el último verano, las plantas se secaron, pero el jardín todavía sobrevive.

El parque es visitado en horas distintas por gente de todas las edades. Niños que van de la mano de sus madres rumbo a la guardería. Vendedores de frutas y de legumbres. Ancianos que salen a caminar apoyados en sus bastones o sostenidos del brazo de una enfermera. Muchachas que regresan del colegio y, todavía con su uniforme y sus cuadernos, buscan la tienda de la esquina para comprar un helado. Y los perros del barrio, con sus amos atados de la traílla. Son de razas distintas: cazadores, lobos siberianos, labradores, chihuahuas. Todos, sin distingo, se acercan a los troncos de los árboles arrastrando a sus amos, buscando el olor de machos y hembras que han trasegado por el mismo sendero.

En una de las esquinas, por la tarde, casi siempre hay una barra de amigos que conversan bajo los árboles, sentados sobre un tronco, tomando una cerveza. Muchos de ellos han crecido durante años en el mismo barrio. A veces, los saludos efusivos sorprenden a los transeúntes. Es el abrazo de dos amigos que han vuelto a verse después de mucho tiempo.

Dicen que los patios son los lugares por donde el cielo se asoma a la casa. Yo digo que los parques son los lugares por donde el cielo se asoma a las ciudades, asfixiadas por el pavimento. En ellos perviven otro tiempo, otros afanes. Sobrevive lo salvaje.

Y están sus avisos. No solo los que anuncian la tienda donde venden los huevos y los tomates. También, los de las prohibiciones. Jamás olvidaré uno que se hallaba sobre la grama verde en uno de los costados del Parque de Bolívar. No sé quién lo pintó. Decía: "No pise la hierba ni los poetas".

Esta tarde calurosa de agosto he vuelto al parque y me he sentado bajo la sombra del caucho gigantesco, mirando pasar el barrio. Y después de un rato, casi en el mismo sitio donde antes había un aviso rogando a la gente no pisar la huerta, ahora he descubierto otro donde aparece la figura de un hombre armado con una pistola amenazando a otro. El dibujo, pintado de negro, está dentro de un círculo rojo cruzado de lado a lado, en diagonal, por una raya semejando una señal de tránsito. No tiene letras, pero si las tuviera creo que diría: "Prohibido atracar en este parque".

Dios dé larga vida a los parques. Sin ellos y sin sus árboles, nuestra vida sería miserable.

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