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La violencia y Salazar

  • Yohir Akerman | Yohir Akerman
    Yohir Akerman | Yohir Akerman
06 de septiembre de 2010
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Medellín es el símbolo del fracaso de las políticas urbanas de la Seguridad Democrática. La violencia proveniente de las comunas ha generado una situación insostenible que se convierte en el mayor reto, no sólo para el alcalde Salazar, sino también para el presidente Juan Manuel Santos.

Las medidas son urgentes y no pueden reducirse a la fuerza militar, como se demostró en el pasado gobierno. La solución que le dio el presidente Uribe a la situación, con las operaciones Orión y Mariscal, dirigidas por el Ejército, logró sacar a la guerrilla, pero dejó el inició de una estructura paramilitar que, a punta de sangre y fuego, le dio el control a las AUC de la comuna 13. Un remedio que resultó mucho peor que la enfermedad.

Después del acuerdo de paz, con los cabecillas extraditados y con el Gobierno cantando victoria sobre el desmonte de las autodefensas, se comprobó que en Colombia se acabó con el paramilitarismo pero no con los paramilitares, y Antioquia es un ejemplo de esto.

Una vez desmovilizados los jefes, los subalternos entraron en una guerra de control de las calles para manejar las ganancias de la droga, el secuestro y los contactos. Hoy la comuna 13, el punto más álgido en la región, alberga unos criminales que tienen el legado de protección violenta dejado por el narcotráfico, los mecanismos de terror aprendidos de la guerrilla y una red de corrupción en la que participan autoridades y políticos provenientes del paramilitarismo.

Una bomba de tiempo.

El Alcalde Salazar ha insistido que la solución está en un sistema penal menos garantista y unas penas carcelarias más fuertes. Pero está demostrado que la cárcel no reforma sino que deforma. Basta ver el caso del brasileño Marcola, líder de la organización criminal Primeiro Comando da Capital y actualmente preso en una cárcel en el estado de São Paulo.

Según su biografía, Marcos Willians Herbas Camacho inició su carrera criminal a los nueve años de edad, como carterista en la Baixada do Glicério, en el centro de São Paulo. Al cumplir 35 años, Marcola ya había pasado la mitad de su vida en la cárcel, donde entró con un máster en hurto y consiguió un doctorado en crimen organizado, narcotráfico y extorsión, manejando favelas completas desde la cárcel.

En una entrevista en el periódico O Globo , de Brasil, Marcola declaró que con la multinacional de la droga generando ganancias, las prisiones son oficinas con hotel. Dijo que él era una señal de estos tiempos, no un problema: "Yo era pobre e invisible. Ustedes nunca me miraron durante décadas y ahora les toca estudiar lo que hago porque se mueren de miedo... Ustedes son los que tienen miedo de morir, yo no. Mejor dicho, aquí en la cárcel ustedes no pueden entrar y matarme, pero yo puedo mandar matarlos a ustedes allí afuera. Estamos en el centro de lo insoluble mismo. Y ustedes en el bien y el mal y, en medio, la frontera de la muerte, la única frontera. Ya somos una nueva "especie", ya somos otros bichos, diferentes a ustedes. La muerte para ustedes es un drama cristiano en una cama, por un ataque al corazón. La muerte para nosotros es la comida diaria, tirados en una fosa común... Nosotros somos el inicio tardío de vuestra conciencia social".

¿Es sensato todo esto?

Evidentemente sí.

El planteamiento de Marcola sobre el origen de la violencia en las favelas brasileñas, ayuda a entender la raíz de los problemas en las comunas: miseria y exclusión.

Como dijo el presidente Santos, se necesita mano fuerte para lidiar con la violencia naciente en la comuna 13, y como estableció el alcalde Salazar es urgente un mejor sistema penal para tratar a los criminales de esta zona. Pero la solución real está en lo social, erradicando la pobreza extrema de las zonas donde se origina la violencia, e incluyendo estas poblaciones en las dinámicas económica, política y social, para que la violencia y la droga no sean sus únicas fuentes de salvación.


Fe de erratas
Por un error involuntario se publicó la vasta en vez de basta. Ofrecemos disculpas a nuestros lectores y al columnista. El error ya fue corregido en la edición digital.

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