El ciclista estadounidense Lance Armstrong hizo historia montado en su "caballito de acero". Ganó siete veces el Tour de Francia, fue leyenda, derrotó un cáncer de testículo y regresó para ver su propia caída.
La etapa más crucial de su vida la perdió ayer, cuando decidió, muy tarde, confesar el uso de sustancias prohibidas, es decir dopaje, a lo largo de su "fulgurante" carrera.
El hasta hace poco ídolo de las bielas ha mordido el piso de cemento y hecho trizas su historial deportivo.
El ejemplo que pudo llegar a ser para muchos se ha convertido en una vergüenza para el deporte mundial.
El dopaje lo encumbró en un sitial de barro desde donde ha caído para no levantarse más. La deshonra es ahora su mayor trofeo. Ojalá que el esfuerzo que hizo como persona solidaria le ayude a cargar esta cruz del dopaje.
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