El cardenal Angelo Scola, arzobispo de Milán, a quien muchos medios de comunicación del mundo consideran entre los más opcionados para reemplazar a Benedicto XVI, dijo ayer en su homilía en la Basílica de los Santos Apóstoles de Roma: "Todos los fieles están llamados a participar en la elección del Papa. Con su apoyo y con su oración".
Hay cinco mil periodistas de todo el mundo acreditados para seguir el resultado de ese evento de naturaleza ultrasecreta y de liturgias antiquísimas. Esto certifica que este cónclave convoca más que nunca la atención del mundo, como hecho religioso y político de relevancia mundial. Pero también porque esta vez están en juego nuevos elementos que elevan el interés.
Para los creyentes aparece en primer lugar la incógnita acerca de si el nuevo Papa extenderá la naturaleza conservadora y tradicionalista de sus predecesores. O si será un pastor que recobre el ímpetu modernista y transformador que alentó Juan XXIII para realizar el "aggiornamento" a las exigencias y particularidades del mundo actual.
Con la comunicación abundante, masiva e instantánea de hoy, no todos los católicos perciben la elección como una "decisión del Espíritu Santo". Amplios sectores la consideran una reunión atravesada por las maravillas y también por las miserias de la naturaleza humana, en la que están en juego intereses concretos de actores importantes.
El contenido del dossier que tres cardenales investigadores entregaron a Benedicto XVI acerca de corrupción dentro de los muros vaticanos, afectará sin duda las deliberaciones y el resultado del cónclave, pues compromete, en alguna medida, la credibilidad de la Iglesia. Prevalecen el enigma y el debate de qué tanto pesaron esos hechos en la renuncia de Benedicto XVI. Si se fue por su debilidad física o impulsado por la desesperanza y la impotencia ante la gravedad de las denuncias. La mayoría de los católicos esperan al respecto una elección del nuevo Papa sabia, acertada, independiente, sin sombra de duda.
Está también la rivalidad entre la curia romana, esa aristocracia que gobierna a sus anchas en El Vaticano, y el resto de los pastores de la Iglesia. La mayoría de los 115 cardenales del cónclave fueron elegidos por Juan Pablo II y por Benedicto XVI, afines a sus ideas y a su estilo. Solo hay 21 cardenales latinoamericanos, pese a que nuestro continente agrupa a la mitad de los católicos del mundo. Europa, que solo tiene el 23 % de los católicos, tiene 58 cardenales electores.
La elección estará marcada por esas tendencias. El cardenal Angelo Scola, arzobispo de Milán, cercano y de toda la confianza de Benedicto XVI, aparece favorito si el Papa es elegido para dar continuidad a los pontificados anteriores. El arzobispo de Boston, cardenal Sean Patrick O’Malley, y el canadiense Marc Ouellet encabezan la lista de los renovadores, activos, decididos, apropiados para enfrentar los males que afectan a la Iglesia. Solo un latinoamericano, el brasileño Odilo Pedro Scherer, Arzobispo de São Paulo, figura en los pronósticos de los medios como papable.
Un trabajo complejo. Exigente ese que comienza hoy en la Capilla Sixtina. Una enorme responsabilidad, cuyo resultado final puede conducir a acercar o alejar la gente de la Iglesia. "Dios ya ha decidido quién debe ser el nuevo Papa. Ahora nos toca a nosotros descubrirlo", resume la tarea el cardenal nigeriano John Olorunfemi Onaiyekan, otro de los favoritos para reemplazar a Benedicto XVI.
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