Estados Unidos ha puesto el freno de mano centímetros antes de caer al abismo de su insolvencia, pero nadie está seguro ahora de que el tortuoso acuerdo entre demócratas y republicanos para subir el techo de la deuda en poco más de dos billones de dólares sea el camino de regreso para evitar el colapso más adelante. El Gobierno de Barack Obama ha recibido un tanque de oxígeno para respirar por algún tiempo más, pero los efectos del alivio serán tan costosos como inciertos.
El pacto aumenta el techo de la deuda en dos pasos. El primero impone cortes en los gastos discrecionales del Gobierno de cerca de un billón de dólares en la próxima década. El segundo crea una comisión en el Congreso, que a finales de año ofrecerá un plan de reducción de gastos sociales y reformas fiscales, pero sin incremento de impuestos, y un ahorro adicional de 1,5 billones de dólares.
El problema es que la autorización para endeudarse más no está soportada en un creíble y sostenido crecimiento económico y, por ende, nadie puede asegurar que la situación de insolvencia que ahora se trata de resolver no aparezca de nuevo, sobre todo si dentro del acuerdo no están asegurados nuevos impuestos y sí drásticos recortes en importantes programas sociales y estímulos a la generación de empleo.
Pero quizás lo más preocupante en el inmediato futuro tiene que ver con la profunda fractura política que ha dejado este pulso entre republicanos y demócratas, y entre el propio Presidente Obama y el Congreso estadounidense. Sobraban muestras y argumentos para comprobar el débil estado en que aún se encuentra la economía y, por lo tanto, la necesidad de correr la cerca del endeudamiento interno del aparato estatal, pero nadie esperaba que alrededor de semejante panorama, los partidos políticos montaran tan peligroso tinglado, del que ninguno saldrá ganador.
El acuerdo logrado, que debe ser aprobado por el Congreso, pretendía enviar un mensaje de tranquilidad a los mercados, pero terminó agitando la incertidumbre sobre la real capacidad de liderazgo del Presidente Obama y la consistencia en el modelo de unión bipartidista que tantas veces operó para salvar los trastos. La economía, muchas veces, demanda más coherencia política que millonarios recursos, y eso no se logró esta vez. La imagen de potencia de Estados Unidos ha quedado seriamente afectada.
Las principales bolsas de valores del mundo abrieron al alza en medio de la euforia por el anuncio de un inminente acuerdo en Estados Unidos, pero los últimos datos sobre el encogimiento de la producción manufacturera y la profunda división política dentro de los propios líderes del Congreso, espantaron el optimismo y los indicadores cayeron.
Nada será igual a partir de hoy en Estados Unidos. Como no pasaba hace 77 años, el Presidente ha quedado sin mayor margen de maniobra y maniatado por el Congreso. Los partidos políticos agrietados por sus propias tensiones y los ciudadanos más confundidos y preocupados. El mundo sabe ahora que el poder de Washington se ha roto y ha quedado en deuda.
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