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Leandro escuchó y contó

El maestro Leandro Díaz seguirá vivo en sus canciones. Un compositor que escuchó para crear un mundo.

  • Leandro escuchó y contó |
    Leandro escuchó y contó |
22 de junio de 2013
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Leandro Díaz no había escrito su última canción. Por lo menos hasta abril, apenas iba en la penúltima, si acaso penúltima era una posibilidad para él. Entonces cantó: "En esta vida soy un hombre con historia, a los 17 años me volví compositor, el poderoso me dotó de memoria que otros con vista no la tienen como yo. Conozco gente que al llegar a los 50, se pega a los 60 porque llega a la vejez. Yo soy dichoso porque ya pasé de 80 y todavía le causo alegría a una mujer".

Era un hombre de la cotidianidad de los pueblos, expresa Marina Quintero, la experta en música vallenata, pero no un hombre cotidiano. Era hijo de campesinos. Un niño ciego en La Guajira, en una época en que los niños eran mano de obra. Un problema para la familia, pero no para él.

Leandro construyó una vida para sí mismo, y para los demás, con su oído. Salió de ese no ver, de ese no poder, a ese reconstruir el mundo con lo que escuchaba y que luego llevaba a canciones. "Su obra —precisa Marina— es autobiográfica. Habla de lo que le pasa y lo dice con una profunda sabiduría". Era un hombre reflexivo, que conversaba, que escuchaba, que se escuchaba, que conversaba.

Concentración, diría él. Eso era lo que necesitaba para componer. "Los motivos son cualquier cosa. Puedo estar ahora sin pensar en hacer una canción y, de pronto, mañana tengo cualquier cosa". Había algo más. Era tan auditivo, tan capaz de captar lo que le rodeaba con lo que tenía, que podía saber que una mujer era bella por su voz. Escuchaba más que el resto de los humanos. Era un mago —comenta ella—, un adivino que podía predecir.

Cuando estaba pequeño, alguna vez lo llamaron loco. Había sol ardiente y predijo que iba a llover. Llovió. Aprendió a leer la brisa, como aprendió a leer lo demás. Matilde Lina, la famosa Matilde Lina de la canción, conversando con Alberto Salcedo Ramos para una crónica, con el compositor aún vivo:

—Si Leandro hubiera podido verla —tan menuda, tan acompasada en el andar— ¿habría dicho que cuando ella camina sonríe la sabana?

—Si Leandro lo dijo fue porque alguien se lo contó. ¿Usted cree que él no averigua? Él es chismosísimo.

Lo que hacía Díaz, el trovador, era pensar. Rosendo Romero, compositor que lo conoció cuando era joven y del que aprendió sobre composición, porque don Leandro no fue egoísta para enseñar, lo recuerda como filósofo. "Su condición de ser ciego lo obligó a filosofar. De manera intuitiva incorporó figuras literarias de alto valor en la música. Su narrativa era muy hermosa, la forma como describía el paisaje".

Era un preguntador. La sexualidad, la muerte, la vida pasaron por sus preguntas. También el amor. Don Leandro era un hombre enamorado y las mujeres de las que se enamoró eran inalcanzables. "Es el amor cortés —precisa Marina—, en su pura expresión".

El compositor se estaba yendo de a pocos, desde hace días. La tragedia más grande de su vida fue quedarse casi sordo, solo que la muerte no le preocupaba. "Yo la recibo como venga. Es el final de un tiempo que se vive y se toma otro camino".

El trovador se murió enamorado y se llevó el secreto de cómo enamoraba a las mujeres. "Eso ya es cosa mía". Se murió temprano, mucho antes de la hora en que se levantaba. Solía madrugar. Se murió para que los demás sigan cantando sus canciones. Para que Matilde Lina, como le dijo ella a Salcedo Ramos, se vaya caminando a pie desde su casa hasta el cementerio. Se murió, de todas maneras, para ir a cantar La diosa coronada, a ese otro camino.

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