Hace 60 años, el ingeniero Edward Murphy, luego de cometer un error infantil en un experimento con cohetes para la Fuerza Aérea, pronunció la famosísima Ley de Murphy, que en su forma más sencilla, dice: "Si algo puede salir mal, saldrá mal". O, que en una formulación casera, dice: "La tostada siempre cae al suelo por el lado de la mantequilla".
Más tarde aparecieron muchas leyes, como la extensión de Gattuso a Ley de Murphy: "Nada es tan malo que no pueda empeorar", o mi favorita, la ley de Thomas sobre la felicidad en el matrimonio: "La duración de un matrimonio es inversamente proporcional a la cantidad gastada en la boda".
Hace unos días, cuando los hinchas de Nacional y Medellín volvieron con los acostumbrados desórdenes al salir del estadio, cuando los jugadores del Deportes Quindío resolvieron no jugar para presionar que les pagaran tres meses de sueldos atrasados; y cuando suspendieron al campeón, el Once Caldas, entre otras cosas, por no pagar la seguridad social, pude creer que en realidad al mejor estilo de Murphy: "Si en el fútbol colombiano ya nada puede ir peor, empeorará".
Si un contratista tiene que arreglar un sanitario o una lámpara en la Alcaldía de Bogotá o de Medellín, no lo dejan entrar si no están al día con los pagos de la seguridad social. Extrañamente, un jugador de fútbol puede ingresar a trabajar a un estadio (de la Alcaldía de Bogotá o Medellín) sin haber pagado la seguridad social.
Lo extraño es que a algunos directivos del fútbol colombiano les sonó inconcebible que hubieran suspendido a Quindío y al Once Caldas. Es como si no recordaran la suerte del profesor Luis Fernando Montoya y del jugador Diego Cortés, ambos cuadripléjicos, esperando la pensión.
Si el Ministro Vargas Lleras cree que con convertir los equipos en sociedades anónimas y endurecer las penas para hinchas revoltosos el problema del fútbol se solucionará, seguro olvidó la Ley de Murphy, que dice: "Es inútil hacer cualquier cosa a prueba de tontos, porque los tontos son muy ingeniosos".
Si Noemí Sanín dice querer salvar a Millonarios, tratando de meterse en la junta directiva, y aseguró que "no quiero ser la canciller o la embajadora de Millos; quiero que me vean como la nueva goleadora", seguro olvida que ella es especialista en hacerse autogoles, u olvidó la Ley de Murphy de la Política, que dice: "Cuando un político tiene una idea, generalmente está equivocado". O es consciente de la Ley de Greens: "Cualquier cosa es posible si no sabes de qué estás hablando".
Extrañamente, en Colombia los equipos de arriba en la tabla, al final del torneo, son los que más jugadores venden.
Luego, al siguiente semestre, los directivos culpan y echan al técnico por el fracaso, aplicando la Ley de Conway, que dice: "En una organización, siempre hay una persona que sabe qué es lo que se cuece. Hay que despedirla inmediatamente".
En contravía de las empresas serias, los directivos del fútbol colombiano enfocaron su negocio a atraer clientes desadaptados, y no a personas de bien.
La propuesta de los clubes es desmantelar los equipos, desanimando a los clientes (hinchas). Por eso es que un padre de familia prefiere llevar sus hijos al cine o adonde la suegra, que llevarlos al estadio.
M ientras el fútbol no tenga clientes fieles, buenos y decentes, la crisis no desaparecerá.
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