Con las manos temblorosas sacó su celular para avisarle a su esposa que por primera vez en 25 años se había caído de la moto.
-Mija, me accidenté- exclamó en medio de un sollozo.
-Está equivocado- le respondió quien contestó.
-De los nervios marqué mal- reconoce.
-Yo me vi matao, debajo de las llantas- expresa don Bernardo Antonio Vélez mientras mira su motocicleta tirada en la calle, al corrillo de bomberos que lo asisten y la mirada curiosa de los conductores que pasan lentamente para detallar el accidente.
-La verdad es que yo no lo vi- le confiesa don José Raúl Aristizábal al agente de tránsito que lo interroga.
-En 50 años que llevo manejando nunca me había pasado- le recalca.
No era por exceso de velocidad ni ebriedad. Giró su cabrilla a la derecha para tomar la curva y se llevó por delante al motociclista invisible que continuaba por el carril derecho.
-Pues no, mucha peladura pero no se me quebró nada, ni un diente, ni las gafas- describe don Bernardo cuando por fin marca el número correcto y repara que se le salió el zapato del pie izquierdo, la media quedó en pérdida total, el pantalón fracturado, la camisa cortada y el reloj rayado.
-Señor, dele gracias a Dios que solamente son raspones- le dice la bombera mientras saca un algodoncito, lo impregna de alcohol y lo roza en sus brazos.
-Estas moticos nadie las ve- opina don José. -Usted ya no está en edad de montar en moto.
-¿Yo tengo 68 años y usted?- le pregunta don Bernardo.
-73.
-Entonces usted tampoco está en edad de manejar carro- replica.
-Nunca me va a gustar ese aparato tan peligroso- dice don José Raúl quien guarda silencio ante el siguiente comentario de don Bernando.
-El peligroso es uno.
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