<img height="1" width="1" style="display:none" src="https://www.facebook.com/tr?id=378526515676058&amp;ev=PageView&amp;noscript=1">
HISTÓRICO
Los muertos del Amazonas están ungidos de coca
  • Los muertos del Amazonas están ungidos de coca | Foto: Róbinson Sáenz
    Los muertos del Amazonas están ungidos de coca | Foto: Róbinson Sáenz
Por Nelson Matta Colorado. Fotos Róbinson Sáenz | Publicado el 04 de octubre de 2013

“Hace una semana mataron a un brasilero acá, por lo del narcotráfico. Le dieron un tiro en la cabeza y lo ahogaron en el río Amazonas”, dice el peruano Franco Rátegui, presionando su sien derecha con el dedo índice, mientras contempla las balsas que flotan en el caudal que separa a la isla Santa Rosa de la ciudad de Leticia.

Es apenas un muchacho de 19 años que conduce una mototaxi, sus ojos poco han visto más allá de la selva, las playas y el modesto pueblo, pero sin ser un detective acertó con la principal causa de muerte en la despensa forestal más grande del mundo.

Los narcóticos y sus mafias no solo desangran a los mortificados de las metrópolis, la Amazonia también padece el azote del negocio que cada año produce 394 billones de dólares en ingresos para los traquetos del planeta.

El departamento de Amazonas es el más extenso de Colombia, con 109.665 km2 y una población de apenas 67.627 habitantes, que equivalen a la tercera parte de los residentes en la comuna 16 (Belén) de Medellín.

Esto implica que hay un inmenso territorio desprovisto de civilización y vigilancia, condiciones propicias para el desarrollo de las empresas criminales.

Las movidas en Leticia

Si Amazonas fuera una mandíbula enorme, Leticia sería su diente de oro, un pedacito de asfalto, gentío y palpitante comercio. Hace ocho años solo habían dos vuelos semanales desde Bogotá y ahora son 15.

La heroína y la coca (en pasta o clorhidrato) circulan en cantidades no superiores a 30 kilos, encaletadas en barcas por los ríos Amazonas, Caquetá y Putumayo, según el capitán de fragata Juan Carlos Cifuentes, comandante de Guardacostas del Amazonas.

Este comercio clandestino suma complejidad en el Trapecio Amazónico (extremo sur), donde se imbrica con las fronteras de Brasil y Perú. Es un coctel peligroso, que mezcla a los dos mayores productores de coca con el segundo país que más la consume.

Las divisiones invisibles en las áreas urbanas ofrecen otro impedimento. “Es tan brava la cosa, que hay casas donde la sala está en Colombia y el patio en Brasil”, añade el intendente Javier Rodríguez, de la Policía de Amazonas.

El microtráfico, explica Cifuentes, es liderado por los clanes “la Firma” y “los Caqueteños”, quienes surten las ollas de vicio en las zonas semiurbanas, pasando de un país a otro para burlar a la justicia.

A gran escala, el negocio es apadrinado por grupos narcoterritoristas: los bloques Sur y Oriental de las Farc (Colombia), Comando Rojo y Primer Comando de la Capital (Brasil) y Sendero Luminoso (Perú).

Mucha de la droga e insumos químicos son decomisados en el terminal aéreo de Leticia, camuflados en pinturas, repuestos y hasta cajas de leche. El flujo es de ida y vuelta con Bogotá.

Un episodio exótico fue la interceptación de 610 gramos de cocaína en unas artesanías que iban de encomienda para Australia (18/6/13).

La Oficina de Naciones Unidas contra las Drogas y el Crimen (Unodc) indicó que de 2006 a diciembre de 2012, los cultivos de coca pasaron de 692 a 98 hectáreas sembradas, sobre todo en los límites con Caquetá, Vaupés y Putumayo. De hecho, hoy la mayoría de la coca circulante en Amazonas proviene de los municipios putumayenses Puerto Asís y Puerto Leguízamo.

La pequeña porción de sembradíos parece ligada al reducido índice de homicidios. En Leticia hubo 10 asesinatos en 2012 y este año van siete (ni siquiera uno por mes); no obstante, casi todas estas desgracias se deben a retaliaciones del narcotráfico, según el coronel Hugo Márquez, comandante policial de Amazonas.

Los muertos, como si los empujara un imán pegado a sus carnes, están cayendo del lado de Brasil.

Sangre y coca en Brasil

La mujer caminaba distraída a un costado de la iglesia principal de Tabatinga, el pasado 11 de septiembre, cuando dos sicarios se cruzaron en su vida. Los proyectiles la alcanzaron y se desplomó ante la vista aterrada de los transeúntes, mientras los verdugos huían.

Ese homicidio es uno de los enigmas que rondan la cabeza de Gustavo Pivoto, el delegado de la Policía Federal en aquella ciudad brasilera, vecina de Leticia. No sabe quién la mató, pero sí los motivos.

“Al parecer el caso está ligado al narcotráfico”, concluye, apretando los labios y levantando las cejas, un gesto que debió repetir registrando los 60 homicidios de 2012, que también tuvieron ese móvil.

El último estudio de Ameripol sobre el fenómeno señala que “Tabatinga siempre ha sido el principal punto de entrada para los narcóticos que se producen en esta frontera. Ha sido objeto de constantes disputas entre narcos colombianos y peruanos”.

En el casco urbano, la única barrera entre Tabatinga y Leticia es un puesto de control de la Policía Militar y una casa de cambio de pesos por reales. Si uno se acostara en la acera, podría quedar con la cabeza en Brasil y el ombligo en Colombia.

Desde el puerto fluvial de este municipio se embarca la mercancía por los ríos Solimoes y Yavarí, hacia Manaos, donde despega en el aeropuerto para su acopio en Sao Paulo y Río de Janeiro.

Según la DEA, los estupefacientes producidos en Bolivia son destinados para el consumo interno de Brasil; los peruanos y colombianos usan esta nación como plataforma en las rutas hacia África, Europa y Australia.

“La miseria de aquí es cultural. La gente no tiene hambre, porque saca comida del río, pero no hay salud, educación ni empleo, por eso es fácil para los narcos llegar”, comenta Pivoto.

Controlar el narcotráfico en esa franja de la frontera es una labor de titanes, basta con decir que dentro del estado brasilero de Amazonas cabe Colombia entera, por su extensión de 1’570.745 km2. El pie de fuerza no les alcanza, un drama que comparten con sus colegas peruanos.

“Nuestra preocupación es que bandas de allá acaben viniendo aquí, porque en Perú hay poca presencia del Estado y esos grupos pueden crecer”, agrega el delegado policial.

Lanchas voladoras en Perú

La dotación de los policías adscritos al Destacamento Antidrogas (DAD) de la Isla Santa Rosa, en Perú, es bastante humilde.

A un costado del río Amazonas, una construcción de tablas, sin más blindaje que la protección del Espíritu Santo, alberga a 11 uniformados encargados de custodiar una de las rutas más empleadas por los mafiosos.

“La verdad es que tenemos muy pocos medios logísticos, si nos atacan no tendríamos cómo responder. ¡Nos descuartizarían en este cuartito! Usamos solo el ingenio para neutralizarlos”, cuenta uno de ellos, quien solicita la reserva de su identidad.

Parece que los narcos ya se dieron cuenta de la austeridad, pues antes transportaban la droga en “peque-peques” (barcas impulsadas por las aspas de una guadañadora), y ahora emplean lanchas con motores fuera de borda y 200 caballos de fuerza.

“Ellos vuelan por ese río, nuestra lancha apenas tiene un motor de 40 caballos y no los alcanzamos”, reconoce otro oficial de la guarnición, sin poder disimular la pena.

La Isla de Santa Rosa está a un minuto en lancha desde el Puerto de Kapax (Leticia), navegando el Amazonas.

Sus pobladores esperan con ansias la visita de los turistas y sus billetes con la estampa de Jorge Isaacs, Julio Garavito y Policarpa Salavarrieta, aunque no todos arriban para disfrutar de la sabrosa gastronomía y el chicharrón de pirarucú.

Este año las vendettas de los narcos han perseguido a tres colombianos hasta allá, cuyas almas en pena, después de abaleadas, quedaron rondando entre las casas edificadas con tabla de cedro, por donde Franco Rátegui conduce su mototaxi.

La malicia les ha permitido a los agentes del DAD incautar 350 kilos de drogas y 5 fusiles en 2013, que iban camuflados en bultos de plátano y chalupas con doble fondo.

En su jurisdicción tienen identificados dos puntos de acopio en San Pablo y San Isidro, en las riberas del río Atacuari. Los “mochileros” (recolectores) llevan la pasta de coca hasta allá, donde los narcos colombianos, que ya no financian los cultivos como antes, la compran.

“Existe un cambio notorio en las comunidades nativas, de sus actividades tradicionales (pesca, agricultura, caza) por cultivos ilícitos, como principal fuente de ingreso”, acota el documento de Ameripol sobre Perú.

El incremento de esas mañas, que ya lo tienen como el principal productor de coca, por encima de Colombia, también aumentó el comercio de precursores químicos, desde la ciudad de Iquitos hacia el Trapecio.

La Fuerza Pública policial, militar y naval de las tres naciones hace operativos conjuntos para tratar de frenar ese trueque salvaje, que se aferra a la selva como la maleza.

Mientras no suceda, Franco seguirá mirando nervioso a cada lado cuando hable del tema, y los policías de esta frontera seguirán viendo pasar esas lanchas de narcos que vuelan por el Amazonas.