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Los pasos del sonámbulo

  • Ana Cristina Restrepo Jiménez | Ana Cristina Restrepo Jiménez
    Ana Cristina Restrepo Jiménez | Ana Cristina Restrepo Jiménez
17 de mayo de 2011
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Contaba mi profe de Historia que, por allá en el siglo XVI, Estevão Gomes, un cartógrafo desertor de la expedición de Fernando de Magallanes, avistó un par de islas, rodeadas de islotes: Gran Malvina y Soledad.

Casi quinientos años después, en 1961, la ONU abogó por la caída del colonialismo y encendió las alarmas para que los imperialistas dieran marcha atrás.

El Reino Unido debía retirarse de aquel territorio ajeno y lejano donde no crecen los árboles, poblado en su día por portugueses y franceses, dominado ahora por ingleses y mejor conocido como Falkland Islandso Islas Malvinas.

Pero no lo hizo.

El 2 de abril de 1982, cinco mil infantes de marina argentinos desembarcaron en Puerto Stanley, y capturaron a los cuarenta y nueve ingleses que custodiaban la capital de las islas. Ya conocemos el desenlace.

"Somos latinoamericanos", acotaba la profe. Hablar inglés era pecado. Blasfemos éramos quienes, desde la trinchera de unos audífonos, nos despelucábamos con Culture Club, The Rolling Stones y The Police. Entre tanto, en el Sur, Fito Páez les cantaba a los héroes de las islas.

Y es que cantar rock en español era una forma de protesta.

Gustavo Cerati, Zeta Bosio y Charly Alberti, se hacían llamar Soda Stereo: "Nuestra música es dietética. [?] Proponemos la vuelta al baile", decía el guitarrista, cantante y compositor del grupo.

Sin mayor conciencia política, en el cuaderno del colegio no guardaba la tabla de los elementos sino las fotos de Sting (perfecto "mate") y Cerati (inmejorable "ché"). Química pura: ambos cabían en el mismo bolsillo. Me escondía en cuclillas sobre la tapa del sanitario del baño escolar para que los zapatos no me delataran, y así poder oír en un walkman los sonidos rebeldes del Sur.

Veinte años más tarde, cuando fui a Argentina, todos me envidiaban: "vas para la tierra de Gardel (con el perdón de los uruguayistas) y del tango". Yo, sólo anhelaba respirar el aire de Borges y de Cerati.

Al salir del avión para recoger mi maleta, alcancé a divisar una melena conocida. Me escapé de la fila de inmigración y lo perseguí. Le entregué un libro de bolsillo que venía leyendo, y le pedí que lo autografiara.

Gustavo Cerati llevaba una camisa índigo. Su abrazo me dejó impregnada con el aroma de un licor que volvería a reconocer por el olfato mas no por el nombre. Con un raspón de barba mal afeitada, me besó en la mejilla y estampó su firma en la última página del libro.

(En un rincón de mi biblioteca, "Borges oral" me recuerda que no aluciné).

Conservo en mi mente las imágenes de histeria posteriores al asesinato de John Lennon o de cuando el sida acabó con Freddie Mercury. Por eso, tengo miedo: hace un año, Cerati cerró los ojos -¿del todo?- después de un concierto.

A los huérfanos de Gardel les queda la leyenda urbana; que deambula de sombrero, coquetón, por las barriadas. Pero los dolientes de Cerati, sin muerto para llorar, sólo aspiramos a que nos ronden los pasos del sonámbulo.

Terminé como las Islas Malvinas: con mi territorio poblado por ingleses (esposo e hijos), cantando en un idioma que no es el de mis padres, y con una buena parte de mi corazón en Buenos Aires, al lado de él? que "se durmió al calor de las masas".

Y hoy desperté queriendo soñarlo.

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