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LOS SUEÑOS DE MI ADIÓS

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21 de septiembre de 2013
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Digo adiós a quienes me han leído durante 28 semanas, porque debo acatar las normas actuales de El Colombiano sobre los columnistas.

Fueron 28 semanas, (exactamente medio año), en las que intenté ser precisa y clara en mis posiciones sobre diversos temas de la vida nacional e internacional.

Esta despedida no significa olvidarme de esos temas. Todo lo contrario.

Sueño y seguiré repitiendo, una y otra vez, que los sueños son el motor de realidades nuevas.

Sueño con un país en donde todos sus habitantes puedan morir de viejos. En el que se respete la vida, el don más preciado, y a nadie se le asesine por pensar distinto. En el que cada voz tenga un espacio, en un marco de libertad responsable.

Sueño con un país en el que todos tengan las mismas oportunidades. En el que no haya excluidos ni marginados.

Sueño con un país en el que cada ser humano tenga garantizados sus derechos de primera, segunda y tercera generación. Sobre todo, un techo digno, agua y aire limpios, alimentación adecuada, salud integral, estudio de calidad que le abra las puertas a un futuro despejado, trabajo en el que se le considere como persona y no como un número en un carnet. Trabajo en el que reciba un trato tan amable que sienta que, allí donde pasa tantas horas de la semana, está su segundo hogar, hogar en el que aporta y recibe, en una ecuación de respeto recíproco y de aprendizaje permanente.

Sueño en un entorno en el que haya sana recreación, tan importante para el equilibrio de la personalidad. En donde se permita el juego pedagógico y la música, ese lenguaje más universal que la palabra.

Sueño con un país austero en donde el dinero no sea un fin sino un medio y sea puesto solidariamente al servicio del bienestar de todos. La riqueza tiene una hipoteca y función social.

Sueño con un país sin corrupción en el que nadie soborne y nadie acepte ser sobornado.

Sueño con un país en el que toda la justicia sea proba, sin presiones indebidas. Una justicia que abandone la nefasta práctica del espectáculo, del temor a los medios de comunicación y de la politización.

Sueño con un país en el que la prensa tradicional y los nuevos medios reconozcan que son educación no formal y que, al informar o recrear, forman o deforman a sus audiencias y, de todos modos, las transforman.

Sueño con unos medios responsables que no alimenten el morbo ni la cosificación de los seres humanos, sino que sirvan al bien común, construyan democracia y convivencia.

Sueño con un país en el que cada persona asuma que tiene derechos, pero que a cada derecho corresponde un deber. Que así como tiene derechos, también tiene deberes. Que no olvide que su derecho llega hasta donde empieza el derecho de su prójimo.

Sueño con un país en el que imperen la disciplina y el orden. En el que haya una autoridad razonada que abra los espacios al diálogo social, siempre creativo y constructivo.

Sueño con un país de seres éticos, honestos y austeros.

Sueño con un país que cuide de sus niños porque son el futuro. Un país en que no haya hijos indeseados ni padres desentendidos de su misión esencial de formar seres con valores. Conscientes de que el ejemplo es la mejor forma de educar.

Sueño con un país en el que no haya abortos ni niños abandonados. Un país donde las personas tengan una sexualidad responsable y las mamás se sientan orgullosas de serlo y dar lo mejor de sí siempre, pero, sobre todo, en los años clave en que se moldea la personalidad de los hijos.

Sueño con un país en donde haya sentido de trascendencia, cuya base es el amor al prójimo y la solidaridad, esa incapacidad de estar bien y ser feliz si quienes están alrededor se sienten mal y padecen la tristeza.

Sueño con personas comprometidas a vivir unos valores universales. Conscientes de que hay que erradicar el facilismo, los vicios, porque degradan, y el hedonismo que intenta imponerse en el Planeta.

Soy una convencida de que podremos decir que en Colombia hay paz auténtica e integral, cuando todos estos sueños posibles se conviertan en realidad.

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