El instante de las 10:20 de la noche del 13 de octubre de 2009, fue el último momento lúcido de María Cristina Gutiérrez León. En ese momento a esta muchacha, bogotana, de 21 años de edad y con una bebé de cinco meses, se le borraron de su mente todos los registros de su vida.
Ayer, María Cristina recuperó su pasado, pero no su memoria. Volvió a tener entre sus brazos a la pequeña Miel, su hija de cinco meses, a quien le sonríe pero no reconoce; sintió las caricias de madre, de María Esperanza León Martínez, a quien ignora, pues tampoco sabe quién es, y la alegría de Yuri, su hermana menor, con quien compartió el mismo cuarto hasta octubre cuando desapareció de su hogar, pero que tampoco reconoce.
Los últimos noventa días esta muchacha los pasó en una nube. Esa noche de octubre salió de su casa a comprar una gaseosa. El último instante de su pasado, esa misma noche, lo recuerda al lado de dos muchachos, que viajaban con ella en un bus rumbo a Medellín.
En la ciudad los jóvenes la llevaron a vivir a una pieza en el barrio Popular Uno, donde la maltrataron y la obligaron a ejercer distintos oficios, incluso la mendicidad. Quienes la raptaron decían llamarse Jhonatan y Cristian. "Somos sus hermanos", le repetían una y otra vez, cuando la muchacha les preguntaba por sus vidas.
Q´Hubo, el ángel
En una de las pocas luces mentales de los últimos días, María Cristina escribió una carta y se la entregó a uno de los voceadores del periódico Q´hubo.
En las líneas decía que un día, tanto a ella como a los muchachos, les pusieron un revólver en la cabeza. Que ellos desaparecieron en medio del incidente y que luego alguien le dijo que los habían asesinado.
María Cristina pedía en su carta a Q´hubo, que la ayudara a saber quién era y si tenía familia.
Muertos sus raptores, la joven se movió por las calles de un Medellín desconocido para ella, lleno de luces en todos sus rincones, pero absolutamente oscuro para su vida.
Dice que buscó un trabajo que en casi todas partes le negaron: en tiendas, almacenes, ventas callejeras y estacionarias (...) que alguien la puso a trabajar de cinco de la mañana a seis de la tarde, repartiendo unos papeles y, que por último, un alma más justa con ella, la contrató en una obra de Empresas Públicas. Allí la encontraron los reporteros del periódico, manejando una paleta de vida o muerte para los conductores.
En su nuevo oficio, María Cristina, aunque absolutamente desmemoriada, se desempeñó de manera ejemplar. De acuerdo con el flujo vehicular, ella movía una paleta con el aviso "PARE" o "SIGA".
El pasado miércoles Q´hubo publicó la nota que fue leída por la familia de la muchacha en Q´hubo - Bogotá. El milagro fue inmediato. Los reporteros se sensibilizaron con el caso e hicieron suya la empresa del reencuentro.
El mismo miércoles, acompañados por unidades de la Policía Metropolitana sacaron a la joven de la pieza que habitaba, le consiguieron un pasaje aéreo y la acompañaron hasta el aeropuerto José María Córdova.
En el terminal la muchacha no coordinaba muchos de sus movimientos, por lo que la aerolínea que la llevaría a la capital, donde la esperaban los reporteros de Q´hubo Bogotá, le prohibió viajar.
Luego de varios test y enterarse del drama, accedieron a llevarla, pero acompañada por otra persona. Se adquirió otro tiquete y una periodista se montó en el avión con María Cristina.
El reencuentro fue tan conmovedor como la desaparición. La familia saltaba de alegría y abrazaba a María Cristina, pero ésta se aferraba a la reportera que la acompañaba, pues no reconocía a aquellos extraños.
Una luz entró desde su pasado cuando le pusieron entre sus brazos su bebé Miel. La abrazó, le sonrió, algo en el alma le decía que era su hija, su sonrisa, el sueño de su vida...
Anoche la joven tenía una cita con un neurocirujano, de quien se esperaba que la ayudara a salir de su mundo de sombras.
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