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Mesura y desmesura

17 de marzo de 2009
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El ser humano es mesura de la desmesura y desmesura de la mesura. Vive desmidiéndose en lo que se debe medir y midiéndose en lo que se debe desmedir. Improvisa lo que hace por no sacar tiempo para preguntarse quién es. Vive huyendo de sí mismo, alejándose cada vez más de su identidad.

Víctima de su propia invención, la globalización se le vuelve inmanejable, cada vez más esclavo de los medios de comunicación como si ellos fueran su señor. Como cosa perdida entre las cosas, carece de la interioridad que determina su identidad y que todas las cosas esperan de él: que las llene de sentido y contenido, que las lleve de la mano a lo que están llamadas a ser.

Protágoras dijo que el hombre es la medida de todas las cosas. Esta afirmación ha asustado demasiado al hombre actual. Ha preferido renunciar, con razones frívolas, a ese compromiso sobrecogedor. Si algo le está haciendo falta es descubrir y cultivar qué medida es y aplicarla a las cosas poniendo en ellas corazón. "La creación entera gime con dolores de parto esperando la gloriosa liberación de los hijos de Dios" (Rom. 8, 22:19). ¿Qué hijos somos y qué ternura y solicitud ponemos en las cosas?

¿Cuál es la mesura que le corresponde al ser humano? La de su exterioridad. La de sus sentidos, la de su cuerpo, la de sus apetencias sensoriales, la de su individualismo, que le impide participar lo que tiene, lo que es. Disipado con las cosas, vive con la ilusión de que no necesita encontrarse consigo mismo en el silencio, que le resulta atronador. Le urge la mesura de ver, oír, oler, gustar y tocar.

¿Cuál es la desmesura que el hombre necesita? La de la interioridad, donde se encuentra consigo mismo en un horizonte que se le abre sin cesar al infinito. Vivir la agonía de la afirmación de S. Agustín. "Mi amor es mi peso. Él me lleva adonde quiera que voy". Múltiple desmesura de la interioridad: de sí mismo, de los demás, del cosmos y de Dios.

El hombre vive desmidiéndose en la mesura y poniendo límites a la desmesura de ser. Necesita despilfarrar la vida, lejos de la sensatez, en el torbellino donde todo nace y crece hambriento y sediento de divinidad. Cuando el hombre quite la mesura a la desmesura de ser imagen y semejanza de Dios, encontrará el vestido de su desnudez.

*Monticelo, Centro de Mística

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