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"Mi mayor, usted no se nos puede morir"

EL TESTIMONIO de Wilder Durán, el patrullero de la Policía que acompañó y auxilió al mayor Félix Antonio Jaimes en el momento de su muerte. Hoy, este policía es un héroe que cuenta la historia de milagro.

  • "Mi mayor, usted no se nos puede morir" | José Guarnizo Álvarez | El mayor Jaimes no se había pensionado. Cumplió 18 años de labores.
    "Mi mayor, usted no se nos puede morir" | José Guarnizo Álvarez | El mayor Jaimes no se había pensionado. Cumplió 18 años de labores.
02 de julio de 2011
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El patrullero Wilder Mauricio Durán Durán -el hombre que vio morir a su jefe en las manos- se remuerde cada vez que piensa: "si tal vez hubiera podido hacer más".

Pero luego, tras un corto silencio, Wilder saca alientos de bien adentro y llega a la conclusión de que antes hizo demasiado para auxiliarlo.

El coronel Fernando Pardo, director del Hospital de la Policía, donde este joven de 29 años continúa en revisión, aclara que, aunque el paciente fue valorado por otorrinolaringología luego de padecer la explosión en sus oídos, su mayor problema, en este momento, es el estrés postraumático.

Y no es para menos. Son las 4:30 de la tarde del viernes y Wilder sabe que al mayor Félix Antonio Jaimes, su superior, pero sobre todo su amigo, lo acaban de sepultar. Y ni siquiera pudo estar allá, despidiéndolo, porque se lo prohibieron los médicos.

Todo comenzó a eso de las 3 de la madrugada del miércoles pasado, cuando Jaimes lo llamó para que lo recogiera. Wilder era su conductor.

La novedad venía del municipio de Yarumal: dos buses, un camión y una tractomula habían sido incinerados por hombres del Frente 36 de las Farc. Reportaban heridos.

A la camioneta del oficial también se montó un agente de Inteligencia, a quien dejaron en el corregimiento de Llanos de Cuivá (Yarumal).

El mayor Jaimes dijo que había que seguir. "Llegamos hasta un punto en el que se divisaban los camiones quemados. Estaban mucho más abajo, por ahí a unos 500 metros. Mi mayor dijo: 'hasta acá llegamos porque hasta acá hay Ejército'", recuerda Wilder.

Todo sucedió muy rápido. "Mi mayor se bajó del carro. Mientras tanto yo procedí a voltear la camioneta para que quedara en salida. Cuando estaba haciendo ese giro (por eso la camioneta quedó así, como en diagonal) mi mayor me dijo, 'Durán, venga'".

Y continúa: "Entonces yo engrané el carro y me bajé. Comencé a caminar hacia atrás (iba a la altura de la llanta trasera) cuando vi que a mi mayor le entró como una llamada al celular y ahí mismo estalló la carga".

La explosión lanzó al mayor Jaimes dos metros hacia abajo. Cinco patrulleros de la Policía de Carreteras, incluyendo a Wilder, quedaron desperdigados en el suelo. Habrán pasado varios segundos hasta que lograron incorporarse.

"Mi mayor empezó a gritar auxilio, que le dolía la mano, pero todos estábamos muy aturdidos. Entonces lo primero que hicimos fue evaluar la situación para que no se fuera a activar otra carga. Optamos por pisar las huellas de los otros compañeros que habían asegurado la zona y así fue que pudimos sacarlo (al mayor) en una camioneta Nissan".

"Yo le veía a mi mayor la mano ensangrentada y la camisa como mojada. Él me preguntaba por su familia, que él quería ver su hija, que se la trajera. Y yo le decía, mi mayor, no se preocupe que yo se la voy a mandar a traer".

Y es que Félix Antonio Jaimes era padre de tres hijos: John Jairo, de 12 años de edad; Johan Sebastián, de 10 años; y Juliana, de 4 años. Estaba casado con la boyacense Nancy Mallely Martínez.

Jaimes había quedado huérfano de padre y madre desde muy niño. Así lo refrenda Luz Marleny Jaimes, hermana del oficial. "Nosotros éramos tres hermanas mujeres y él, que era el único hombre. La mayor tendría 13 años cuando mi padre falleció de cáncer en el pulmón. Mi madre ya había muerto de cáncer en el páncreas", cuenta.

Jaimes era nacido y criado en San José de Miranda, un municipio de Santander que limita con Capitanejo y Covarachía (Boyacá).

Con la pensión del papá y con un colosal sacrificio, Jaimes entró, el 18 de enero de 1993, a la Escuela General Santander, de la Policía. El mayor Daniel Mazo Cardona, quien conoció a Jaimes desde aquellas épocas, lo recuerda, entre una sonrisa y unos ojos evidentemente enrojecidos, como un muchacho callado y robusto que, cuando hizo el curso de carabinero, no se "caía" sino que se "rodaba del caballo".

Jaimes hizo una carrera brillante, si se quiere. Sería muy arduo mencionar aquí las 17 condecoraciones y las 75 felicitaciones a su hoja de vida, logros que alcanzó en su paso por los distritos de Vichada, Boyacá, Bogotá, Cauca y Antioquia.

Wilder, perturbado, continúa su relato. "Llegando al peaje de Llanos de Cuivá, mi mayor me decía que se estaba quedando sin aire. Entonces le desabrochamos la camisa y le quitamos las botas. Pero nos decía que no era suficiente, que se ahogaba. Pero nosotros no le veíamos más heridas".

El trayecto debía continuar hasta el hospital de Santa Rosa de Osos. "Lo último que me dijo era que él quería mucho a su esposa y a sus hijos, que les diera por favor ese mensaje. Y yo le decía, mi mayor, usted no se nos puede morir. Pero para ese momento ya no me respondía".

Era como si se estuviera muriendo un papá, según el testimonio de varios patrulleros que trabajaron bajo las órdenes de Jaimes. "Como papá de nosotros que era, cada mes o mes y medio, nos llevaba a alguna finca para celebrarnos el cumpleaños o simplemente para compartir un día de sol. Invitaba a las familias de unos 20 policías", dice el subintendente Jesús Daniel Ríos.

Pero Jaimes, continúa Wilder, no aguantó más. "Yo lo movía, le daba aliciente, pero él nada que me respondía. Cuando llegamos a Santa Rosa, los médicos lo miraron. Yo ya le había notado la mano izquierda como muy fría. Entonces verificaron los signos vitales y nos dijeron que no había nada que hacer".

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