Uno no imagina que arriba de Santo Domingo Savio, a diez o quince minutos, hay otro mundo. Si arribita de la estación de Metroplús hay casas y una carretera estrecha y pavimentada, más arriba de ahí arribita la vía son piedras y pantano, aunque conserva la estrechez.
Y más allá de ahí arribita, ya hay son ranchos de madera y una que otra casa de adobe y tejas. De repente uno resulta en Bello y si sube otro poquitico, aparece en la vereda Granizal, de Copacabana. Se oyen voces de niños y en vez de tiendas y carros se ven hombres cultivando la tierra. Huele a campo. Alguno pasa con un manojo de cebolla y otro lleva una batea con tomates frescos.
Emerge, colgado de esas complicadas geografías, el barrio Altos de Oriente, perteneciente a Bello y habitado por campesinos que, uno a uno, hace once años fueron llegando al sector no por voluntad sino empujados por el miedo y la violencia que los grupos en conflicto sembraron en sus territorios, la mayoría chocoanos.
Al haber campesinos expulsados de sus tierras, hay dolor. Y más allá, humildad, sueños, ganas de luchar. Fue tal vez lo que vio hace dos años el padre Gustavo Vélez Vásquez -Calixto- cuando escaló a pie con amigos esa montaña de barro y miserias buscando cómo ayudar.
Y como no era hombre de esperas y promesas sino de hechos, lo primero que hizo el religioso -fallecido el 7 de septiembre de 2009- fue aliviar la angustia de una familia que conmovió su corazón hasta lo más profundo.
"La familia Suárez, un señor y diez muchachitos que vivían en la miseria hacinados en un rancho; los niños iban de puerta en puerta pidiendo para comer y al padre Gustavo le dolió tanto que se propuso hacer algo por ellos. Y se les construyó una casa digna", narra Hugo Bustamante, el viejo amigo de Calixto y quien lo acompañó en su última caminata por las montañas de San Sebastián, donde el padre se extravió y llegó al encuentro con Dios.
Solidaridad vs olvido
Pero esa primera casita construida fue la puerta de entrada para una obra mucho mayor que soñó el padre Calixto y que luego, cuando el destino le cortó la vida, hicieron realidad otros amigos, entre ellos Hugo Bustamante, el padre Luis Mesa y la periodista Ana Mercedes Gómez, directora de EL COLOMBIANO: la Ciudadela del Amor Misericordioso, un lugar donde el amor y el trabajo solidario están sacando a esta comunidad del olvido y la miseria con el empuje de la Fundación Tejas Arriba, en homenaje a la columna dominical que Calixto publicaba en este diario.
En Altos de Oriente su población comparte una tragedia común: el desplazamiento. En su mayoría son personas llegadas de pueblos chocoanos que buscaron para asentarse el último escalón de esta montaña de Bello.
Es un lugar que a lo lejos da la apariencia de un pesebre, pero ya adentro, el primer plano enseña la miseria total: no hay acueducto de EPM, no hay servicio de teléfono y una única escuela no alcanza a suplir las necesidades educativas de todos.
"Para hacer una llamada telefónica hay que bajar hasta El Pinar. Muchos niños tienen que estudiar en colegios de esa zona bajando más de una hora por la carretera y luego regresar. Es un martirio para ellos y nosotros, que debemos llevarlos y traerlos", cuenta Ancízar Palacio, un educador con liderazgo en la zona y que opera como coordinador de todos los proyectos que han nacido allí con Tejas Arriba.
En Altos de Oriente está todo por hacer. Un censo realizado en diciembre por Diana Martínez, colaboradora de la Fundación, detectó que en total hay 328 familias, con un promedio de 5 a 8 personas por hogar y en algunos casos hasta 10, todos en condición de desplazados o simples destechados que llegaron a buscar refugio.
"El censo también estuvo orientado a detectar las necesidades de cada familia y también las potencialidades, por ejemplo cómo podíamos emplear a las mujeres en algo útil, también a sus esposos", explica Diana.
Y es que allí, en lo que aparentemente se ve como una vereda de pueblo, se nota la laboriosidad, entendida como un trabajo comunitario orientado a satisfacer las necesidades de alimentación de los habitantes.
Calixto puede estar tranquilo. Su obra, que él denominó inicialmente Madre del Amor Misericordioso y que sus amigos prefirieron llamar Tejas Arriba, está elevando sueños, dignificando vidas, sembrando alimentos y lazos comunitarios para sacar a Altos de Oriente del olvido.
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