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Nefanda noche decembrina

04 de enero de 2012
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Un progenitor responsable está comprometido con sus hijos 24 horas al día y no pone trabas para cumplir con pasión sus deberes. Por falta de compromiso y tolerancia por lo menos la mitad de los progenitores no viven juntos y los hijos tienen que enfrentarse a la realidad de no tener un hogar estable.

Cuando los padres no concilian reglas sobre el compartir con sus hijos, un tercero ajeno al sentir de la familia, decide que estos solo pueden estar con el padre con quien no viven unas pocas horas cada quince días. Esta decisión es un crimen contra el afecto, porque la ley solo autoriza la limitación al ejercicio del derecho a la custodia cuando el progenitor está inhabilitado física o moralmente para ejercerla. Y si no lo está, de manera responsable y sin generar la menor lesión a los hijos, los padres tienen derecho a la custodia compartida en condiciones temporales equitativas.

La Constitución dispone que son derechos fundamentales de los niños, entre otros, la vida, la integridad física, la salud total, la alimentación equilibrada, tener una familia y no ser separados de ella, el cuidado y amor y que serán protegidos contra toda forma de violencia física o moral. Y subraya que los derechos de los niños prevalecen sobre los derechos de los demás.

Y como los hijos no pueden ser separados de su familia, compuesta por los menos por los padres, abuelos y hermanos y de contera sin interferencia de los padrastros o madrastras y menos del amante del papá o la mamá, es por lo que no se pueden imponer reglas para impedir que los hijos se comuniquen libremente y por lo menos una vez al día con el progenitor con quien no conviven.

Diciembre y enero son meses críticos para los hijos de padres separados porque sus vacaciones se convierten en días de angustia y noches de desvelo por la incertidumbre a la que los someten en cuanto a con quién pasarán el 24, 25, 31 de diciembre y 1 de enero.

Además, padres inhumanos les prohíben a sus hijos una llamada de feliz Navidad y de feliz año al progenitor ausente y a su familia cercana. Los hijos, frente a comportamientos como los descritos deben asumir conductas afectivas tanto como si fueran huérfanos durante esos dos meses. Está bien claro que utilizar a los hijos como escudos humanos o botines de guerra contra la pareja a quien se odia y repudia es un acto que merece el rechazo de la sociedad y el castigo severo de la ley por violencia intrafamiliar y los demás delitos consecuenciales.

Las llamadas fiestas de Navidad solo deberían traer a los niños alegría y la realización de sus sueños. Sin embargo, no es raro encontrar padres que las utilizan para difamar la familia del otro, imponerles a los hijos el deber de compartir con la nueva pareja a quien tratan con especial zalamería en contraste con el insulto diario, las pruebas de odio y de venganza que dan a la pareja de quien están separados, negar la existencia fantástica de papá Noel y regalar una muda de ropa y unos cuantos helados respecto de los cuales piden la factura para demostrar que pagan alimentos, no siendo estos gastos imputables a tal obligación. Otros, por el contrario, deciden ofrecer toda clase de regalos superfluos para comprar o comprometer el afecto de sus hijos.

Seguramente los finales de enero y el mes de febrero son buenas épocas para psicólogos y psiquiatras infantiles, que bien podrían intentar primero reeducar a los padres que son los verdaderos portadores de patologías relacionadas con la sana convivencia en familia.

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