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NOS EQUIVOCAMOS CON LOS DESOBEDIENTES (II)

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14 de marzo de 2013
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(…) "Son esos potros escapados del establo y que, a pesar de nuestras llamadas, parten desmelenados a la conquista de horizontes desconocidos": (Freinet).

Siento una preocupante sospecha con los estudiantes que nos incomodan en la escolaridad y marcamos como desobedientes. Reiteradas experiencias me han demostrado que detrás de su impertinencia encontramos niños y jóvenes que, como cometas en buenos vientos, piden a gritos que les soltemos cuerda, que les permitamos volar, que les demos semáforo en verde a horizontes que, sin nuestra ayuda, han logrado abrir.

Ellos son los refractarios a esos cuatro aspectos que Julia Varela y Álvarez-Uria denuncian como el ideario de la escolaridad: el espacio cerrado, la usual consideración de minoría de edad de los estudiantes, el carácter preceptivo de los saberes impartidos y el desconocimiento de la posibilidad de aprendizajes significativos a través de procesos informales.

Pero la escuela, sin ojos ni oídos para sus lenguajes y demandas, generalmente los expulsa o los obliga a desertar; en suma, pulveriza sus alas y los empuja al fracaso.

Al ser sistemáticamente censurados, ellos canalizan su voz silenciada en comportamientos agresivos que deterioran sus relaciones con las directivas, el profesorado y con los mismos colegas. Su opción será la de la soledad y el abandono del que transgrede, del que disiente, la soledad del que está en contravía de lo que se pretende mantener inmodificable.

Nos hemos equivocado cuando educamos para la obediencia, porque así formamos para repetir la historia y resbalar sobre lo mismo. Formamos en el respeto y acatamiento de las creencias tradicionales. Pero las creencias también tienen que ser dinámicas, y deben ser permanentemente examinadas. De allí vendría un afianzamiento de nuestros principios, o el salto a nuevas percepciones sobre la historia de la humanidad.

La alternativa, no fácil de emprender, es intentar descifrar lo que hay detrás de la supuesta impertinencia de esos estudiantes que no caben en la ropa ni en la escuela; es darnos la posibilidad de entender sus salidas de tono, no como problemas que se solucionan con el castigo o negándoles la escolaridad, sino como señales que insinúan algo que aún no desciframos.

Es preciso romper el círculo vicioso del sentido común, de lo obvio, de lo conocido, y reemplazarlo por la duda, el examen crítico, la disonancia, la tensión creativa. Y cuando se salta del círculo vicioso, se genera la parábola de la espiral que señala una flecha de progreso, el paso a las nuevas plataformas de conocimiento que refiere Freinet en sus Métodos naturales. El problema es que lo usual en la escuela es desatender esa disonancia, y sólo se percibe su fastidio e impertinencia.

La contrapartida a esta realidad es el rescate de la hermenéutica, quiere decir, la capacidad de interpretación, despegados del dogma y la obediencia ciega.

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