El asesinato, el martes pasado, de la líder campesina Ana Fabricia Córdoba, dentro de un bus urbano en Medellín, refleja la osadía y la sevicia de los delincuentes y la desprotección en que están muchos defensores de derechos humanos en la ciudad y el país.
Pese a que había sido amenazada y que uno de sus hijos había sido asesinado hace menos de un año, Ana Fabricia no tenía una protección especial, según denunciaron sus familiares, pero tampoco se le había podido hacer un estudio de seguridad, según el Ministerio de Defensa, porque ella no lo facilitó.
Es una pérdida lamentable para quienes tenían en Ana Fabricia la esperanza de recuperar sus tierras, pues ella había sido desplazada de la violencia en Urabá. Pero es más duro saber que esa muerte se pudo evitar.
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