Los partidos políticos, como principales agentes de representación, han atravesado durante los últimos 20 años una de las más profundas crisis. Ello, como consecuencia de la precaria gestión y de expectativas incumplidas, de la desorganización y mala gestión, tanto de los políticos "tradicionales" como de las "terceras fuerzas".
Con el esfuerzo de la Constitución por entrar en un proceso de transición política, con la disposición para dar solución a los problemas de ingobernabilidad y de ilegitimidad del sistema a través de nuevos espacios y la garantía de nuevas formas de participación y representación orientada a diversificar el abanico partidista, la idea de ensanchar los ámbitos de la democracia que se pudiese incentivar un relevo político ha sido, 20 años después, un despropósito.
La oportunidad para una serie de nuevos actores con capacidad para ejercer un liderazgo moderno, alejados del clientelismo y con perfiles más técnicos y eficientes en sus realizaciones, se contradice hoy ante la incoherencia y las deformaciones discursivas de estos, a causa de la preeminencia de su quehacer personalista y su afán electoral.
Hace un año, el país celebraba, pese a su derrota inmediata, el surgimiento de un movimiento verde con un discurso fundamentado en la nueva forma de ejercer la política, basado en principios, no en personas, y capaz de agrupar por primera vez y de forma significativa el descontento uribista.
La transparencia, la rendición de cuentas y las oportunidades como lineamientos discursivos tomaron forma nacional y adquirieron un peso tan vertiginoso e insospechado que, aunque terminaron siendo contraproducentes, generaron en la conciencia ciudadana de aquellos "escépticos" la necesidad de hacerle seguimiento en la política y no desechar el esfuerzo adelantado desde la perspectiva "no tradicional".
Sin embargo, ante las recientes declaraciones del aspirante a la Alcaldía de Bogotá, Enrique Peñalosa; las confusas declaraciones del aspirante a la Gobernación de Antioquia, Sergio Fajardo; la incoherente mediación de Garzón, sin contar con la renuncia poco sensata para su carrera política de Antanas Mockus, cada uno de los cambios esperados por los líderes de este movimiento no sólo no podrán materializarse, además se está produciendo la fragmentación de esta ola "modernizadora" que, disputándose el campo de la representación política en plena carrera electoral, está llevando al sistema a una pérdida de control organizacional.
Asistimos nuevamente al fracaso de los "nuevos" o "transicionales" actores políticos que ensayan nuevas estrategias para sacar beneficios electorales del malestar con la política, que se caracterizan por pretender alcanzar un lugar en la política, enfatizando en el hecho de que no provienen de la clase política tradicional, que no surgen del grupo político dirigente o en que, aún proviniendo de la élite política, buscan diferenciarse de ésta mediante una crítica.
Ya lo decía Eduardo Pizarro años atrás, cuando estudiaba la naciente clase política y hacía eco de su suprapartidismo o su independencia. Nuevamente nos enfrentamos a microempresas electorales, caracterizadas por su desorden interno, su atomización, su incoherencia discursiva y sus protagonismos políticos.
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