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HISTÓRICO
"Pida la 'visa' antes de cruzar la cuadra "
  • "Pida la 'visa' antes de cruzar la cuadra " | Fotos Juan Antonio Sánchez | No solamente la seguridad se ha visto afectada por culpa de las murallas transparentes que separan a las comunidades y las declara enemigas. El transporte y la economía también ha tenido perjuicios. Los buseros deben pagar peajes también invisibles. Las tiendas no tienen el mismo flujo de antes y hay familias divididas por unas cuantas cuadras que para verse deben poner puntos de encuentro en el centro de la ciudad.
    "Pida la 'visa' antes de cruzar la cuadra " | Fotos Juan Antonio Sánchez | No solamente la seguridad se ha visto afectada por culpa de las murallas transparentes que separan a las comunidades y las declara enemigas. El transporte y la economía también ha tenido perjuicios. Los buseros deben pagar peajes también invisibles. Las tiendas no tienen el mismo flujo de antes y hay familias divididas por unas cuantas cuadras que para verse deben poner puntos de encuentro en el centro de la ciudad.
Carolina Calle Vallejo | Publicado el 15 de mayo de 2010

Cuando llegó caminando de lado a lado y vomitando como si estuviera borracho, Lucho* preparó el antídoto contra el veneno: sacó el aceite y lo mezcló con polvito de panela y, aunque le clavaba las uñas mientras le limpiaba el bigote y le abría la boca, le hizo tragar las tres cucharadas del jarabe a su gato.

Fue la primera y única vez que pudo salvar una vida. Antes de que su vecina le enseñara la fórmula casera para revivir mascotas, ya había perdido al perro que se comió el "plato fuerte" de carne con vidrio molido que le sirvieron los de abajo para que no ladrara cada vez que intentaban atacar a los de arriba.

Como volvieron a escuchar maullidos en la frontera del barrio, días después desaparecieron al felino. A los periquitos que cantaban de día les alzaron la puerta de la jaula y los hicieron volar para que no gritaran de noche. Por eso, el mismo Lucho, el animador del barrio que alborotaba las fiestas y alzaba su voz con euforia "¡Arriba esos ánimos!, ¡Histeriaaaaa!" y ponía a brincar a toda la cuadra, cuando percibe un extraño silencio acompañado del murmullo y la sombra de unos pasos sigilosos, se pone un dedo en los labios mientras mira a sus niñas y les susurra "¡Shhhh! apaguen todo que esto se prendió".

Antes de escuchar la primera señal del repertorio de guerra, las hijas ya están tiradas en el piso, acostadas sobre el colchón, tapándose la boca y preparadas para callar durante el combate. Cuando suena el disparo que le rinde homenaje al muro transparente e inaugura la desintegración del barrio, Lucho les aprieta las manitos, improvisa palabras de esperanza, finge una sonrisa para disimular el desánimo y las arrulla mientras repite silenciosamente: "...no griten. Calma. Quietecitas. Acá no nos va a pasar nada".

El mandato de arriba
"¿Entonces qué? ¿vas a hablar o te quiebro aquí mismo?", dice John* cuando debe amedrentar al extranjero de otro barrio que ingresó sin permiso al territorio ajeno. "Alzale la camisa y raquetialo", le indica al compañero mientras lo cuña con el revólver. Después de la requisa comienza la indagatoria: "Quién sos, de dónde venís y para dónde vas".

"Todos son informantes hasta que no demuestren lo contrario -les dice el jefe del combo-. Sospechen de los extraños y de los nuevos porque pueden estar haciendo inteligencia". Dependiendo del grado de veracidad de las respuestas, de las referencias laborales y familiares que tenga y de la capacidad para demostrar su inocencia, se le otorga una visa de estudio o de trabajo temporal; lo deportan al cementerio inmediatamente o le asignan el respectivo acompañante para que aborde la ruta de la tortura: arriba en la montaña, debajo de la calle o encima de la casa.

Al aire libre, le atan las manos junto a un árbol, le tiran baldados de agua y le entregan el cable de la electricidad mientras le sacan la misma información que buscaba: "Cuáles son los puntos periféricos, las rutas de evacuación y de escape, quiénes son los campaneros y quién manda allá". Por cada pregunta sin resolver, lo pueden dejar horas e incluso días encerrado en la alcantarilla, nadando en aguas negras, sin ventilación y ahogado por la fetidez del aroma. Y en la terraza, todos tienen la autorización para practicar sobre el cuerpo del extraño sus mejores golpes por cada respuesta inconclusa y, en casos de mucho silencio y poca cooperación, traen la tabla repleta de clavos que sí los hace cantar.

Plomero de plomo
Como era tan incondicional y siempre salía a la hora que fuera a destaquear el baño, a taponar el tubo reventado o a cerrar la llave del grifo, Sonia escogió al plomero para que la acompañara a la medianoche a preguntar por el muchacho que recogió la ambulancia después del tiroteo de abajo.

El plomero lo encontró agonizando en la camilla del hospital mientras la madre temblaba de los nervios en la salita de desespero. Alcanzó a contar seis rotos en su cuerpo y quiso tener su caja de herramientas en ese momento para ponerle taponcitos y estancarle la sangre. Presenció el momento en que los pálpitos perdieron volumen y lo cubrieron con una sábana blanca luego de que intentaran bombear el pecho y darle voz a su corazón.

De repente se le taqueó la garganta y se sintió incapaz de evacuar la mala noticia: "Que vaya donde el médico", le dijo topado de cobardía a la madre del recién fallecido mientras sus ojos comenzaban a goterear. "¿Por qué si se derrumban las casas, se desliza la tierra, se desbordan las quebradas, se agrietan los caminos... por qué no se cae ese muro del barrio? -se pregunta el plomero-. Es como si la naturaleza se manifestara porque los hombres ya no lo hacen".

Inteligencia familiar
A Elena la desvela que a su hijo lo deslumbre una vuelta en moto y tocarle el fierro al pillo de la esquina. La agobia que no gane tanto para competir con la "mesada" semanal de 30 mil pesos que el combo le ofrece al niño por llevarles encomiendas de marihuana y cocaína a domicilio. Y la indigna cuando recibe una llamada y debe pedir los pasajes prestados cada vez que debe ir a la Policía a recoger "al menor infractor detenido por porte y tráfico de estupefacientes".

El papá de Toño hace los cálculos y espera con un vasito de agua la gran llegada en bicicleta del hijo de 46 años que viene del trabajo. Antes del levantamiento del muro invisible, Toño se demoraba menos para coronar su meta por las calles de abajo. Ahora sale desde el Sur y empieza la carrera contrarreloj para llegar antes de que el sol se esconda para que el peligro no le salga de noche. Durante la ruta de montaña evoca a "Cochise" Rodríguez, a Lucho Herrera y comienza a animarse así mismo: "¡Vamos Toño!, ¡Ya casisito llegamos! "¡Así es!", ¡Vos sos un verraco!".

Cuando supera los obstáculos naturales y los armados, el aguatero que más le hace fuerza en la vida le sonríe al verlo llegar. Toño parquea la bicicleta y le da el abrazo más sudado al viejo que aún lo saluda de besito en la mejilla y lo trata como a un campeón. Parece que llegar a viejo sin enterrar a un hijo es un récord en el barrio.

Aunque la amenaza no discrimina edad ni raza y el riesgo es para todos y todas, Javier sabe que su hijo está en los años mozos más propios para morir. Cada día le recuerda la ruta prohibida y las calles y las esquinas que no puede pisar. Aunque tenga 23 años, le pide permiso para llevarlo y recogerlo como a un niño. Le recomienda que camine por la mitad de la calle para que no lo cuñen contra la pared, tampoco lo jalen desde una puerta ni lo metan a un laberinto estrecho a la fuerza.

A veces pelea con su muchacho porque apagó el celular; lo regaña porque no se reportó en la noche e incluso le alza la voz porque incumplió el horario de llegada. Cuando cae en cuenta que le está gritando y se está sobrepasando con su hijo, Javier flaquea y suspira, sus ojos se derraman y con la voz quebrada dice: "Como si usted fuera inmune... Y uno aquí haciendo fuerza... Entendé que te quiero".