"Los cantantes populares son tal vez más importantes que los políticos. Reciben todo el amor y todas las frustraciones del mundo. Y encima les pagan sin tener que prometer nada. Lo menos que puedo hacer es matarme por mi gente en el escenario". Sandro decía esta frase en una entrevista cuando ya estaba enfermo y esperaba un donante para una cirugía de pulmones y corazón.
Mientras tanto, sus incontables fans, con edades entre los veinte y los cincuenta años, velaban junto a su casa en Banfield o frente al hospital de Rosario y oraban por él como si fuera un santo. Sus nenas: las mismas que se metían a su casa, recitaban de memoria los diálogos de sus películas, habían pintado su fachada con letreros de amor, y hasta llegaron a robarle dos perros.
Pienso en todo esto viendo desfilar miles de personas frente al cadáver de Sandro en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso Nacional. Un ídolo es un hombre o una mujer como cualquiera de nosotros en quien depositamos todas nuestras fantasías y nuestros sueños, todo el amor y todas las frustraciones, por un capricho de la mente. No sé si para mí Sandro fue un ídolo, pero sus canciones están cosidas a mi vida con el mismo fuego con que las cantó en sus primeros discos.
Por esos años se convirtió en un símbolo para los roqueros argentinos, que lo consideran su padre. En el resto de Latinoamérica, millones de hombres y mujeres crecimos oyendo esa música, a veces sublime, a veces sensiblera, que contaba historias simples, dramas de amor para adolescentes que veíamos películas de la Nueva Ola. Fueron más de 300 canciones que se escucharon en la radio y en el cine por tres generaciones: "Quiero llenarme de ti", "Así", "Penumbras", "Te amo", "Rosa, Rosa", "Trigal"... La respuesta de una mujer a la pregunta de un periodista sobre por qué amaba esa música explica el misterio: "Le gusta a mi madre, me gusta a mí y le gusta a mi hija. Sandro es como una religión, una tradición, una costumbre".
Se llamaba Roberto Sánchez Ocampo e inventó a Sandro para ganarse la vida. Nació en 1945 y creció en un hogar formado por un padre obrero y una madre que le leía por las tardes "Las mil y una noches". Luego, para sobrevivir, trabajó de joyero, obrero metalúrgico, camionero y mensajero en una farmacia. Al mismo tiempo participaba en concursos de música en las emisoras de radio. Dice la leyenda que cuando era adolescente y estaba en plena actuación se rayó el disco de Elvis Presley que le servía de respaldo para imitar su voz. La voz de Elvis se quedó varada en el mismo surco repitiendo un verso y Sandro siguió cantando en un inglés inventado, haciendo contorsiones con su pelvis, hasta que se acabó la canción. Esa fue su primera ovación pública. Tenía 13 años y se convirtió en un mito del rock latino. Después fue el primer roquero argentino, luego el baladista de moda y el gitano de sus telenovelas y sus películas. De La Cueva, el bar de Buenos Aires que vio nacer su grupo Los de Fuego, fue a parar a los demás países de América. En los setenta llenó el Madison Square Garden, en Nueva York, con su música y su baile.
Cuando ya tenía más de sesenta años, había sufrido un infarto y padecía enfisema pulmonar, todavía era capaz de arreglárselas para seguir encantando a sus fans. En las giras usaba un micrófono que él se inventó, al que llamaba McGyver. Con él podía cantar y recibir oxígeno. A veces tenía que apoyarse en el piano y en los intervalos se aplicaba dosis adicionales que escondía en un florero. Cuando se asfixiaba, se ponía a caminar por el escenario como un viejito con ciática y les hablaba a sus fans en tono intimista, sobre sus problemas. Las mujeres chillaban, le daban consejos, tiraban al escenario sus prendas íntimas y le gritaban: ¡Pedime lo que quieras, yeguo!". "¡Besame las amígdalas, guacho!". Lo llamaban "potro", "demonio". Él bromeaba, les decía "mis nenas" y les cantaba versos melosos. Ellas se reían. Apenas estaba sin aire, les decía: "¡Preparen la ambulancia!" En el teatro las voces contestaban: "¡Papito, nosotras te damos respiración boca a boca!". Sandro decía: "Aquí estoy, entre el milagro y el ridículo". Así vivió y así murió. Antes de entrar al hospital por última vez, dijo a un periodista de La Nación que él, que había vivido más que nadie todo lo que soñó en su adolescencia, quería que lo recordaran con esta frase de su canción: "Al final, la vida sigue igual"?
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