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REALISMO MÁGICO

  • REALISMO MÁGICO
08 de mayo de 2014
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En La Hojarasca, de García Márquez, el coronel le pregunta al doctor: -"¿Usted cree en Dios? […] –Es la primera vez que alguien me hace esa pregunta […] -¿No tiene usted la sensación de que hay un hombre más grande que todos caminando por las plantaciones, mientras nada se mueve y todas las cosas parecen perplejas ante el paso del hombre? [...] -No creo que me desconcierte nada de eso, coronel [...] Lo que me desconcierta es que exista una persona como usted capaz de decir con seguridad que se da cuenta de ese hombre que camina en la noche. –Nosotros procuramos salvar el alma, doctor. Esa es la diferencia [...] -Lo que sucede, coronel, es que me desconcierta tanto pensar que Dios existe, como pensar que no existe. Entonces prefiero no pensar en eso […] –No sé por qué tenía el presentimiento de que era exactamente eso lo que me iba a responder. "Es un desconcertado de Dios, pensé"".

¿Fue García Márquez un desconcertado de Dios? Aunque no lo proclamaba, era ateo, según sus amigos. Conocemos sí su realismo mágico, que en "Cien años de soledad" es un derroche constante, en que la fantasía suplanta a la realidad.

Según Neruda, esto es realismo mágico: "Nadie ve tu corona de cristal. / Nadie mira la alfombra de oro rojo / que pisas donde pasas / la alfombra que no existe".

Aracataca es Macondo, el pueblo donde la gente se muere de sed y mugre porque carece de acueducto, mientras a las arcas del novelista afluye a raudales el estiércol del demonio.

García Márquez fue para Fidel Castro, según Enrique Krauze, "panegirista, consejero áulico, agente de prensa, representante plenipotenciario, jefe de relaciones públicas en el extranjero". Huésped de honor del único todopoderoso en una isla de empobrecidos.

Una noche salió Úrsula a tomar agua, y regresó, llena de pánico, a contarle a José Arcadio que había visto lívido a Prudencio Aguilar cegando con un tapón de esparto el hueco de su garganta. José Arcadio le contestó: "Los muertos no salen. Lo que pasa es que no podemos con el peso de la conciencia".

Puede que al fin el novelista, en su realismo mágico, haya encontrado la máquina de péndulo para volar, terminando así su carrera de desconcertado de Dios, y haya regresado, como José Arcadio, a la casa "liberado de una carga que por un momento pesó tanto en su conciencia como el recuerdo de Prudencio Aguilar".

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