En esta oportunidad me propongo hacer un paréntesis en la costumbre de referirme en esta columna a temas de Seguridad y Defensa que atañen a la vida nacional y a los intereses de todos los colombianos, para escribir sobre un concepto más amplio, referido a la familia y a la llegada de esa etapa de la vida que la mayoría de los adultos ambicionamos: la de ser abuelos.
La "abuelidad" es descrita por muchos como la bella época del amor irresponsable.
Ahora que he recibido la noticia de que en un futuro cercano voy a entrar a ese privilegiado grupo, por primera vez me atrevo a reflexionar sobre lo que ello implica y los efectos esperados.
Mi primera conclusión es sobre el error que supone el calificar a tal etapa postrera de la vida con el adjetivo de irresponsable. Todo lo contrario. La responsabilidad es un valor ético que obliga su crecimiento en la medida en que los años pasan y adquiere su máxima expresión en la edad de los abuelos. Ya para ese entonces se han superado crisis que en la mediana edad pueden ocasionar un divorcio, la viudez, el cambio de empleo inesperado, modificaciones en la ubicación geográfica o una quiebra financiera. Afortunadamente, después de la tempestad llega la reflexión y la calma.
Los abuelos, sin importar la edad, están llamados a desempeñar un papel muy importante en la vida de sus nietos. El inapreciable caudal de la experiencia, el afecto, el diálogo, la diversión, el respeto y fundamentalmente, el buen ejemplo, constituyen activos que la sociedad y la familia, en particular, no pueden despreciar. Es entonces su rol más cultural que educativo, pues se constituyen en responsables dentro del núcleo familiar de transmitir los valores del espíritu, heredados de las generaciones pasadas.
En tales circunstancias, los abuelos no son un peso inútil, sino seres actuantes dentro de la vida familiar y, respetando la autonomía de la nueva familia, deben, como dijera Juan Pablo II, desempeñar la preciosa misión de ser testigos del pasado e inspiradores de la sabiduría de los jóvenes para afrontar los retos del futuro.
La interacción entre abuelos, padres, nietos, tres generaciones en un solo contexto, genera una relación de convivencia fundamentada en el amor, la solidaridad y el autoconocimiento individual para incrementar la capacidad de comprender al otro miembro de la familia grande. Son relaciones de vida que crean el entorno propicio para estructurar el temperamento, el carácter y la personalidad de los nietos.
Es, entonces, trascendente la función de los abuelos. En la dimensión antes descrita, ellos constituyen parte de las interrelaciones que generan el talante de las generaciones futuras; en un ambiente donde cada vez es más fácil el acceso al conocimiento y mayor la capacidad para modificar las condiciones del entorno.
Qué difícil es para los padres de hoy educar a los ciudadanos del mañana, y qué compleja la responsabilidad de los abuelos. Para los colombianos que estamos ya culminando nuestro ciclo en este mundo se nos presenta un escenario con más motivos de tristeza que de orgullo. No tuvimos la suficiente inteligencia para acabar con la violencia. La corrupción crece a niveles sofocantes, degradamos el medio ambiente hasta poner en duda la supervivencia de generaciones futuras y la mutación de valores nos hace ver un horizonte oscuro. Entonces, ¿cómo lograr la inspiración, la fuerza y los recursos para ser exitosos en nuestra función de abuelos? Necesitamos fe y compromiso.
Estas breves reflexiones me llevan a pensar que se es viejo cuando los recuerdos superan las ilusiones y que las visiones optimistas son las que construyen. Desde este punto de vista siento que el advenimiento del primer nieto se convierte en un cúmulo de ilusiones y esperanzas, en la medicina que rejuvenece el cuerpo y el espíritu, en la fuente de nuevos sueños, aprendizajes, retos y alegrías.
Por eso, a pesar de nuestra realidad, bienvenida sea la "abuelidad" y las responsabilidades que conlleva.
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