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SAN JOSÉ

  • P. HERNANDO URIBE C., OCD | P. HERNANDO URIBE C., OCD
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22 de marzo de 2012
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El 19 de marzo celebramos la fiesta de S. José, esposo de María, hombre de singularidad excepcional.

Todo en él es singularísimamente singular. Único, extraordinario, raro, excelente, extraño tanto por lo poco conocido como por su gran valor. Más allá de toda ponderación, se distingue por una singularísima singularidad.

Sus ojos ven en lo visible lo invisible, sus oídos oyen en lo audible lo inaudible, su boca dice en sus palabras lo inefable, sus manos acarician en lo tangible lo intangible, y sus pies pisan en lo pisable lo impisable.

A José lo sorprende el amanecer contemplando el misterio en su corazón.

Balbuciente como el primer día de la creación, no sabe cómo mirar, ni cómo escuchar, ni cómo hablar, ni cómo tocar, presa de la fascinación.

Dios aprendiendo a ser hombre, el hombre aprendiendo a ser Dios. La delicia de vivir en la morada del silencio.

José es el hombre de los imposibles, eso que se nos hace tan raro siendo del todo cotidiano.

Ve en un niño a Dios y en una mujer al Espíritu, hasta poder repetir como suyo lo que oye y ve: "y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador". Pájaro que sin alas vuela por el espacio infinito.

Para José los sueños son su lenguaje familiar. Ve lo que nadie más es capaz de ver y oye lo que nadie más es capaz de oír.

Adiestra sin cesar las potencias, entendimiento, memoria y voluntad, y los sentidos, ojos, oídos, olfato, gusto y tacto para aprisionar en lo posible lo imposible, en lo temporal lo eterno, en lo finito lo infinito, en lo humano lo divino. Un sueño lo saca de la perplejidad, otro lo pone en camino y uno más lo trae de regreso.

José ve en la pequeñez de un niño la suma alteza de la divinidad. Se pasa las horas mirando sin mirar, deseando sin desear, hablando sin hablar, diciendo todo sin decir nada. Sabe por instinto que sólo se ve bien con el corazón. El Principito copió siglos después lo que para él era del todo familiar.

José vive la experiencia constante de la llama de amor viva que hiere tiernamente en el más profundo centro de su alma. La lejanía infinita le resulta cercanía entrañable. Santa Teresa de Jesús bien lo sabe: "Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro y no errará en el camino" n

* Monticelo, Casa de espiritualidad.

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