Algo tiene que pasarnos después de tantos años de estar expuestos a la guerra. "Las sociedades de guerra son formas sociales sui generis . Y esto suele pasarse por alto, porque deseamos aferrarnos a la falsa ilusión de que es posible garantizar la paz mediante el desarrollo económico y democrático", advierte Wolfgang Sofsky , un sociólogo alemán que ha dedicado buena parte de su vida a reflexionar sobre este tema.
Los trabajos de Sofsky no son esperanzadores; sin embargo, sus reflexiones son urgentes para comprender lo que experimentamos como sociedad que se desarrolla en medio de la guerra desde hace décadas.
Dice el sociólogo -en su texto Tiempos de horror: Amok, violencia, guerra - que los conflictos armados engendran formas sociales que están marcadas por el dolor, el sufrimiento y la muerte. Resalta que el principio de aniquilamiento -según el cual "todos quieren formar parte de los vivos y, por lo tanto, (el objetivo es) matar a tantos enemigos como puedan"- se apodera de los intercambios. Se termina generando un proceso social alrededor de la destrucción de vidas humanas.
Sus palabras nos deberían hacer reflexionar: la muerte se vuelve un objetivo, un fin social. No lo ejecutamos directamente nosotros, pero sí estamos involucrados en el proceso, lo hemos estado durante años. Esta "enemistad mortal", dice Sofsky, "domina sobre todas las demás formas sociales".
El fenómeno notado por Sofsky no es ajeno a la sociedad colombiana. Puede ser que cuando leemos sus palabras nos resulte más fácil pensar en sociedades rotas -otras- como la congolesa o la kosovar. Esta reacción es parte de la defensa que califica las sociedades de guerra; se trata de un ejercicio de negación.
Resalta Sofsky que "la guerra no es sólo lucha y muerte". En la guerra hay recesos y hay lugares en donde trasciende la vida tranquilamente. Además, "el pilar de la cotidianeidad es indestructible hasta el punto de seguir en pie en las más adversas condiciones". Muchos acomodan sus asuntos para que la vida siga, al margen de la guerra; para que la muerte no esté presente, sino que esté en otros lados, lejos. Este es un lujo de algunos y también es parte del problema.
La guerra tiende a la autoestabilización; en medio de la muerte invisible, la economía logra frutos, tanto por medios legales como ilegales. Así las sociedades consiguen normalizar lo inimaginable. Sobre este punto, Sofsky -como muchos otros (Elwert, Marchal, Messiant, Kalulambi Pongo o Crettiez)- advierte que "una vez puesta en marcha, la guerra se emancipa de objetivos políticos o ideológicos a pasos agigantados. Ella misma crea las condiciones para su continuación".
Esto no es nuevo; no hay mucho de nuevo en las guerras. Lo que es nuevo es la manera cómo las estudiamos y los acentos que pongamos sobre sus distintas dinámicas.
En este marco, el tema que nos debe convocar por estos días que se vuelve a hablar de guerra y de paz es que la discusión no es sólo sobre el comportamiento de quienes hacen la guerra abiertamente, los guerreros. Sino que la guerra es parte de nuestro cuerpo social; ésta lo moldea día a día, año tras año.
En palabras de Sofsky: "La guerra engendra al guerrero y a la sociedad que lo sostiene". La paz empieza por poner al descubierto la sociedad de guerra, que somos nosotros.
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