Miles de jóvenes inundaron día y noche, durante varias semanas, la plaza Tahir del Cairo, para recuperar la vigencia de la palabra libertad, cercenada por el régimen de Hosni Mubarak.
Esta juventud egipcia fue protagonista de un cambio en su país, contagiados por los levantamientos de la "primavera árabe" que remueve cimientos de gobiernos opresores en Túnez, Libia, Yemen, Bahrein, Jordania y Arabia Saudita.
Sin embargo, tras derrocar a Mubarak, el 11 de febrero de 2011, los egipcios fueron a las urnas sin mayor entusiasmo, pese a que llegar a elecciones tuvo un alto costo en vidas humanas.
Menos de la mitad de la población eligió entre las dos opciones posibles: el continuismo del régimen, representado por el general retirado Ahmed Shafiq , exprimer ministro de Mubarak, o una consolidación de la revolución, capitalizada ahora por el islamismo.
Dar la vuelta para caer igual o, peor aún, quedar mal parados, es la inquietud que ronda a esos jóvenes egipcios que, acampados en la misma plaza Tahir, temen que un gobierno de clara influencia islamista recorte sus libertades.
En toda la región del Medio Oriente, la incertidumbre marca el escenario, tras el resultado de las elecciones egipcias, divulgado el domingo, que le dieron el triunfo a Mohamed Mursi, de los Hermanos Musulmanes.
Con el 52 por ciento de los votos, Mursi es el primer presidente civil elegido democráticamente en la historia del país, y también el primer islamista que accede a la más alta magistratura del Estado, pero su capacidad de maniobra es limitada.
El mismo anhelo del pueblo egipcio de avanzar en la transición democrática, con un gobierno civil, tropieza con el poder que concentra el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Dos días antes de los comicios, el mando militar asumió las funciones legislativas, ante la disolución del Parlamento, se reservó el derecho de veto a la nueva Constitución y el control de los asuntos relacionados con la defensa del país.
Ante la falta de Parlamento y de Carta Magna, en una nación sin tradición democrática, el nuevo mandatario tendrá que negociar aspectos fundamentales con la Junta Militar y conciliar tensiones con los demás partidos, por el recelo que despierta un primer gobierno de corte claramente islamista.
El aspecto más crucial y donde son más oscuros los nubarrones, es el de las relaciones con Israel, donde su elección ha despertado diversas reacciones.
La victoria de los islamistas tiende a desequilibrar el poder en la región. En sus primeras declaraciones Mursi ha expresado su deseo de reanudar las relaciones diplomáticas entre Irán y Egipto, rotas hace más de tres décadas, tras la firma de los acuerdos de Camp David.
Además, los Hermanos Musulmanes, una organización en principio clandestina, cuya aspiración es "refundar" a Egipto, no ha ocultado nunca sus cercanías con el palestino Hamas.
Ante las presiones que tendrá que enfrentar para reconstruir el país, tras 30 años de dictadura, los analistas creen que el nuevo presidente egipcio estará más concentrado en resolver los problemas internos que en buscar nuevos conflictos afuera.
En la frontera común con Israel, de 250 kilómetros, no han sido pocos los incidentes, pero ninguno de la gravedad que ponga en cuestión el equilibrio regional, en el pasado reciente, pese a las tensiones que generan Irán y las organizaciones terroristas.
Lo único cierto hoy es que la elección de Mursi es un hecho histórico, pero a futuro, sus consecuencias son inciertas.
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