En algunos artículos escritos en los últimos 20 años, he tratado de llamar la atención acerca de que en esta época moderna, las amenazas y los riesgos asociados con ellas, han aumentado peligrosamente ya que las prioridades han cambiado y al parecer la codicia se ha apoderado de todas las actividades del ser humano, y por esta razón, los límites entre lo debido y lo indebido cada vez se vuelven más sutiles y los riesgos se vuelven igualmente, cada vez más cercanos.
En el año 2001, presenté en el Congreso Nacional de Ingeniería realizado en Bogotá, un artículo titulado "Aspectos Arquitectónicos y Estructurales en el diseño de estructuras Sismo Resistentes" (www.lgm.com.co) en el cual trataba de llamar la atención acerca de las tipologías de edificios que no deberían construirse, apoyado especialmente en las lecciones adquiridas por la ingeniería de México, país que lo aprendió con dolor después del sismo de 1985, en el cual murieron más de 10.000 personas, colapsaron 2.500 edificios y sufrieron serios daños estructurales otros 7.500, la mayoría de los cuales debieron ser demolidos.
Pero, cuando se trata de optimizar los rendimientos económicos, se dejan a un lado estas enseñanzas y se reta a la naturaleza con edificios insensatos, que en mi opinión, en el momento de un sismo severo, ocasionarán dolor en esta ciudad, innovadora según algunos, desorientada en su planeación y crecimiento según otros.
Al respecto, es triste ver, por ejemplo, cómo se gastan las energías de la ciudad en planear proyectos que no resisten el más mínimo análisis de ingeniería como el parque lineal del río, con la mejor intención no lo dudo, mientras la ciudad avanza, sin los controles suficientes y sin preparación suficiente, hacia situaciones que podrían evitarse con una arquitectura, ingeniería y construcción sensatas, acompañadas de una supervisión rigurosa por parte de los entes competentes.
Y esta falta de control y supervisión no se refiere sólo a los edificios, pues muchos puentes de la ciudad indican que algo anda mal y exhiben su refuerzo a los ojos de todos, inclusive de aquellos que sueñan en convertir a Medellín en una ciudad gigante, con obras de las que el mundo hable y no en una ciudad en la que se pueda vivir con cultura, amabilidad, seguridad y movilidad.
El 9 de mayo de 2011, publiqué en este periódico el artículo "Catástrofes: ¿se ha vuelto más peligrosa la tierra?", en el cual concluía: "Es claro, por lo tanto, que son las autoridades las que están obligadas a tomar medidas para reducir el riesgo y ellas son responsables del aumento de la vulnerabilidad y de las consecuencias catastróficas ocasionadas por eventos naturales conocidos, que como ya se mencionó, han ocurrido, están ocurriendo y van a presentarse en el futuro". Meses más tarde, lo complementé con el artículo "¿Y si ocurre una catástrofe?" (El Colombiano 11/9/2011).
Termino esta reflexión, no sólo recalcando que la buena arquitectura, ingeniería y construcción, tienen las herramientas para evitar tragedias como la ocurrida en el proyecto SPACE, tragedia que no debió suceder, sino transcribiendo una frase del ingeniero Robert Ratay, investigador estructural forense: "Las fallas estructurales no son ni accidentes ni obra de Dios. Ellos son el resultado de errores humanos debidos al descuido, a la falta de atención, a la ignorancia y a la codicia", frase que ojalá, en estos momentos trágicos en que el olvido aún no ha nublado nuestra mente haciéndonos pensar que nada va a ocurrir, sirva a algunos para pensar que nada hace diferente a Medellín y que si se pasan por alto las leyes que rigen la naturaleza y decidimos no hacer lo que deberíamos hacer, no hay ninguna razón, para que la tragedia, el dolor y el caos, no nos visiten.
* Ingeniero estructural
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