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Sur de Bolívar, tierra donde las necesidades abundan como el oro

La presencia de los diferentes grupos armados atemorizan a los habitantes de los caseríos y veredas.

  • Sur de Bolívar, tierra donde las necesidades abundan como el oro | La maquinaria pesada excava buscando oro. Esta actividad deja huecos que se llenan de agua y se convierten en nidos para el paludismo. FOTO DONALDO ZULUAGA
    Sur de Bolívar, tierra donde las necesidades abundan como el oro | La maquinaria pesada excava buscando oro. Esta actividad deja huecos que se llenan de agua y se convierten en nidos para el paludismo. FOTO DONALDO ZULUAGA
13 de octubre de 2013
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Las sombras amorfas se esclarecen al salir del socavón cargando en hombros lo que le arañan a la tierra, a 110 metros de profundidad. Y sale Mario * con el lodo escarbado y la esperanza viva de que en todo ese lodazal, por lo menos, se encuentre un gramo de oro que le de 50 mil pesos para el sustento.

Son los "hombres y mujeres topo", como llaman a los mineros en el sur de Bolívar, que pasan sus días en las minas artesanales, donde la oscuridad cegadora no deja ver al compañero a menos de dos metros, y en cada paso en la profundidad de la montaña, los murciélagos rozan sus cabezas en un aleteo que ventea en sus oídos.

"Nosotros llegamos a las 6:00 a.m. Nos tomamos un café y pa’ dentro (sic). Allí pasamos el día buscando un poco de oro. Con esto nos ganamos la vida", dice Mario.

Este campesino habitante de una de las localidades del sur de Bolívar, levanta con sus brazos flacos y morenos —que llegan casi hasta las rodillas— 50 kilos de tierra para llevar al procesadero. A veces pide un poco más de lodo, hasta sentir sus venas azules reventarse por el peso. Y siempre sonríe, aunque el agua que inunda las minas y llena sus botas, le causa heridas entre las hendiduras de sus dedos, heridas sangrantes al quitarse el calzado.

"Esta es la vida de nosotros. Somos mineros y mineros moriremos", dice Mario y apunta sobre la preocupación de los "hombres topo" por la llegada cada día más, de las grandes empresas mineras.

Los que imponen su ley
El ruido ensordecedor de la retroexcavadora irrumpió en el silencio del gran cañón, en la Serranía de San Lucas. Los cerdos corrieron en dirección al río, y las gallinas y los patos buscaron refugio en los árboles más cercanos. La pala gigante sorteó los caminos empedrados por el río, y detrás llegaron los mineros, todos provenientes de Caucasia.

"Venimos a trabajar por acá, porque sabemos que en estas tierras el oro abunda", dice uno de ellos y se rasca su cabeza, pelada de cubrirla por años con una gorra que, junto a su panza prominente, le da aspecto de un viejo bonachón.

Pagaron "el derecho de piso" a los reductos de grupos paramilitares que se alojan en Montecristo, y a su llegada a El Dorado, esperaron el emisario de la guerrilla para "darle también su tajada".

—Mi hermano, si usted quiere trabajar, págueles y trabaje tranquilo, explica uno de los mineros.

—Si viejito, por acá mandan ellos, explica otro.

Las normas en los pueblos del sur de Bolívar son impuestas por las guerrillas. El Eln, por ejemplo, no permite la circulación por las carreteras después de las 6:00 p.m. Además, imponen a la población otro tipo de reglas, como otorgar permisos para hacer llamadas desde un celular, porque ellos controlan la antena, los días y las horas.

"Usted no puede hacer bulla después de las 10 de la noche y a los que tienen negocios les cobran cinco mil pesos por caja de cerveza vendida", cuenta un campesino.

En esta zona, donde el oro se produce a cantidades, nadie puede mirar la cadena de otro. "Eso es considerado una falta porque la guerrilla dice que esto produce envidias y terminan robando y por acá no se permiten los ladrones. Si usted mira, viene la multa".

Sin embargo, para otros labriegos, la guerrilla ha impuesto reglas que les benefician. En la zona de la serranía, la caza de las pavas está prohibida. El que lo haga paga dos millones de pesos. "Si usted caza una danta tiene que pagar un millón. Si lo sigue haciendo, se tiene que ir de la región", dice un labriego.

A esto se suma la intervención que las Farc hacen en la zona. Según investigadores de Inteligencia Militar, esta guerrilla les brindó estudios pagos a varios de los jóvenes del Sur de Bolívar en Cuba y otros países, "con el compromiso de que al terminar regresen a enseñar los conocimientos adquiridos a los frentes presentes en esas localidades".

Nadie da su nombre
En Norosí, Montecristo, Achí, Puerto Rico, Arenal, Santa Rosa, San Pablo, Simití, Pueblo Viejo y los caseríos que componen el Sur de Bolívar nadie da su nombre. El miedo a las represalias de los grupos armados los silencia y obliga a esconderlos entre sus viviendas de paredes de madera y techos de paja.

En una de estas casas, un letrero hecho a mano sobre una cartulina amarilla y con letras vinotinto advierte: "Señores dueños de mulos, vacas y marranos, a partir del 1 de octubre se cobrará una multa por animal de 50 mil". No tiene remitente, pero todos saben que es la guerrilla la autora del mensaje. Nadie lo dice.

Ese miedo va de boca en boca y recorre cada uno de los caminos polvorientos, de tierra amarilla pegada al cuerpo cuando el vaho calienta la sierra verde, enmarañada, tupida de árboles que no permiten la entrada del sol al suelo por el que se presume pusieron a caminar al secuestrado canadiense Gernoc Wober.

"Es mejor no hablar y más que acabamos de pasar un bloqueo de cuatro meses en el que el Eln no permitió el paso de alimentos porqué dizque había muchos paramilitares en la región, y como nosotros somos mineros y no cultivamos, casi nos morimos de hambre", cuentan.

En aquella ocasión, hace dos meses, el Eln asesinó a dos mototaxistas a los que les dijo que no estuvieran por los caminos. La comunidad trató de intervenir, pero el comandante dijo que no se metieran si no querían tener problemas.

"La mujer (esposa) se despidió de él y la guerrilla le dijo que si no debía nada volvería a su casa", cuentan. Pero la promesa se rompió y al día siguiente encontraron al joven en la carretera, con varios balazos en la cabeza y el cuerpo.

La llegada de los "paras"
Desde el camino, Mónica* escuchó los balazos. Esperó cinco minutos. Luego, vio correr a los dos jóvenes hacia una moto, mientras guardaban en su cintura el arma con el que asesinaron a su cónyuge.

Tras la fuga de los muchachos, Mónica buscó a su pareja. La encontró en un matorral, con la sangre saliéndole a borbotones por la boca. "Lo cogí en mis brazos y me despedí de él. Le dije: Te tengo que dejar acá porque me da miedo que se devuelvan a matarme".

Nunca recibió una explicación del por qué de su muerte, lo que sí se enteró es que fueron los paramilitares que se hacen llamar Autodefensas Gaitanistas de Colombia.

Ese es otro de los temores que se refunden en el Sur de Bolívar entre las minas, las casas, los billares, las canchas de fútbol. Muchos aseguran que patrullan con uniformes y armas largas, y buscan reconquistar este territorio que fue fortín del Bloque Central Bolívar, bajo el mando de alias "Julián Bolívar" y "Macaco".

"Estamos asustados. Tememos que esa gente vuelva y vuelvan las masacres. Ya han pintado algunas casas como queriendo decir que están en el territorio. Volvieron las amenazas y han comenzado a sacar gente de sus parcelas", manifiestan los habitantes.

Lo que más les preocupa es la información que ronda entre los caseríos sobre el rearme de ejércitos de autodefensas. "Ya se sabe que acá en la zona están esperando a que salga de la cárcel alias ‘Carlos’. Ese fue muy malo, mandaba a matar por cualquier cosa".

Además, esperan también la llegada de "Julián Bolívar" o "el Patrón", quien, según información de inteligencia Militar, quiere retomar la zona. "Tememos lo peor. Esos hombres armados están en los municipios céntricos", cuentan.

La otra Colombia
El camino a Montecristo, en el sur de Bolívar, es una vía que para recorrerse se tarda 14 horas desde Pueblo Viejo. Son carreteras en las que los camioneros usan su pericia para salir del barro cuando las llantas se hunden hasta la mitad. Las piedras se atraviesan en la vía y más de un carro se queda varado por días en la inmensidad de la selva, entre el fango y la espesura.

Para arreglar este camino se destinaron 1.785 millones de pesos en un proyecto que se vence en diciembre, y de la carretera nada. "Mire ese camino, eso no es sino un lodazal. A uno le toca empujar algunas veces", cuentan. Hasta las motos se devuelven en las pendientes atestadas de rocas y pantano. "Quién saca por ahí productos, nadie.", expresan en El Dorado.

Al mal estado de la carretera se suma la falta de educación de calidad. En la escuela de Mina Seis, los pupitres se encuentran en mal estado y las clases empezaron en junio. "Tenemos que darle la alimentación a los profesores porque se demoran mucho en pagarles", dice un líder.

Además, la atención médica es deficiente. En esas poblaciones no hay centros de salud "y cuando tenemos un enfermo grave lo sacamos en hamaca hasta Montecristo, pero allí tampoco hay medicamentos, incluso a uno lo mandan a comprar las jeringas, la gasa y hasta las agujas para coserlo".

La secretaria de salud de Montecristo, Teresita Sequea, asevera que desde la administración adquirieron compromisos para la atención en salud de los habitantes que les corresponde. "Vamos a hacer brigadas cada seis meses para atender a personas que hace tiempo no ven un médico".

Dicen los habitantes del Sur de Bolívar que se sienten abandonados por el Estado. "Acá Bolívar llega hasta Magangué. El resto no existimos". Por eso aseguran que viven en la otra Colombia, donde las necesidades abundan como el oro que arrancan a diario de las entrañas de la tierra.

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