La historia comenzó cinco minutos antes de salir para el aeropuerto. Fui hasta la mesita de noche para recoger mis papeles y sentí desconcierto cuando vi que faltaba la cédula. Era la primera vez en la vida que perdía un documento tan importante y casi no logro dejar el país. Semanas después y con la intención de reemplazarla, fui hasta el Consulado de Colombia en Tel Aviv donde me dijeron que en un par de meses la recibiría.
Tardó un año para llegar y la espera fue tolerable porque nadie me la pidió en esos meses. La alegría de recibirla duró poco cuando vi que había llegado con un error en el nombre. Ya de regreso en Colombia, fui a la Registraduría a empezar el proceso de cero. Después de haber seguido las instrucciones, el funcionario de turno me llevó hasta un lavamanos y me entregó los restos de un jabón azul para que me lavara los dedos que estaban teñidos de negro después de aplicar las huellas dactilares.
En esos meses sin cédula, la contraseña que recibí no sirvió para nada. Nada. Casi no logro abrir una cuenta en el banco, salí llorando de la oficina de la Dian al intentar obtener el RUT, no pude tener una línea de celular a mi nombre y tuve que convencer al supervisor de una compañía para que le asignara un plan de internet a mi apartamento. La cédula se convirtió en pieza maestra para vivir y tuve que esperar otros siete meses para recibirla.
Después de lo ocurrido, empecé a notar otros trámites que complican la vida. Como aquel ocurrido en el banco cuando al llenar un formulario extenso con lapicero de color morado, la señorita me indicó: "Tiene que volver a hacerlo todo porque esa tinta no es capturada por el sistema". El mismo sentimiento de desespero surgió cuando al pedir un traslado del centro de atención de la EPS me enteré que todo el trámite tardaría un mes.
Aunque con la aprobación de la Ley Antitrámites del 2012 se eliminaron procesos en Colombia que parecían tardar toda la vida, otros siguen existiendo y hasta parecen irreales.
En su libro "The Demon of Writing: Powers and Failures of Paperwork," Ben Kafka dice que el papeleo y la burocracia se convirtieron en algo central para la conciencia humana después de la Revolución Francesa. Los autores de la Declaración de los Derechos del Hombre y el ciudadano de 1789 propusieron mayor transparencia al insistir en que los agentes públicos dieran cuenta de su administración con los documentos. Y cita a Louis Antoine de Saint quien llamó al papeleo administrativo el "demonio de la escritura" y consideró la minucia de esos trámites y escritos, un síntoma de inercia.
Asimismo, Jennifer Schuessler cita en un artículo publicado en el periódico New York Times al profesor Mathew Hull quien escribió el libro "Government of pape r" y dice que dominar los archivos de documentos es controlar el asunto".
Aunque cierta dosis de burocracia es inevitable, si Medellín y Colombia quieren ser realmente modernos y no parecer de otro mundo, tendrán que acabar con ciertos trámites. Ojalá y sea cuestión de tiempo.
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