No fue para nada un fin de semana ordinario en la ciudad eterna. Mucho tiempo atrás, los diversos planes preanunciaban un evento magnífico: la beatificación del Papa Juan Pablo II.
Y aunque todos anhelaban y preveían la llegada de este gran día, sólo desde su anuncio, el pasado 15 de enero, se pusieron por obra los preparativos pertinentes para responder a una congregación de peregrinos de magnitudes tan sorprendentes.
En efecto, la tristeza que nos procuró su "regreso a la casa del Padre", después de poco más de seis años, se transformó en cantos de alegría y agradecimiento por el anuncio de su beatificación. Desde todos los puntos cardinales llegaron peregrinos a Roma. Por las calles todo se transformó en fiesta y alegría. En un sinnúmero de lenguas, con consignas, danzas, banderolas, logos y símbolos del todo particulares, se oraba, se cantaba, se contemplaba y vivía un único sentimiento de gratitud y gozo.
Desde la vigilia de oración del sábado en la noche hasta la Misa de Beatificación, y posterior veneración de sus reliquias, la gente no paraba de cantar, de ondear sus banderines y manifestar hasta con el llanto su emoción y fervor. Cualquier espacio en una acera de la calle, de una plaza o en las distintas iglesias dispuestas para los peregrinos, era un lugar apto para orar, descansar o dormir. Ni el frío ni la oscuridad, ni la sed o el hambre fueron más fuertes que la acogida fraterna y calurosa que la ciudad, en nombre del nuevo Beato, otorgó a sus devotos visitantes.
Más tarde, con el clarear del alba, el sol mostró una muchedumbre incontable en la Plaza de San Pedro y sus alrededores, con un ardor y euforia tales que no dejaban entrever el más mínimo rastro de cansancio o de fatiga por la dichosa espera.
Por eso, durante la celebración los aplausos resonaban continuamente y las banderas se mantenían en alto ondeándose alegremente al mero sentirse del nombre latino del Beato (Ioannem Paulum II [Secumdum], papam).
Pero ¿qué ha pasado realmente? ¿Por qué tanto alboroto y estrépito? ¿Qué significado tiene esta beatificación? ¿Qué valor tiene para creyentes o no este acontecimiento? ¿Qué se sigue para nosotros ahora?
Sencillamente, lo que se ha confirmado y anunciado oficialmente Benedicto XVI es lo que ya todos presumíamos: el Papa Juan Pablo II goza del cielo y puede interceder por nosotros, delante de Jesús único y máximo intercesor ante Dios. No sólo su mensaje y su testimonio siguen vivos entre nosotros. Él mismo, participando de la gloria divina, puede continuar rogando en Jesucristo al Padre, por todos en la tierra. Y así como durante su vida terrena sirvió a la humanidad, sin discriminar el credo, la lengua, el color ni la posición social de los hombres, hoy sabemos que continúa sirviendo a todos desde Dios.
Su llamada hoy es la misma que desde el primer día de su pontificado: "abrid las puertas a Cristo", "miradlo a Él", a Jesús. Pues a Él es imposible conocerlo y no amarlo, amarlo y no seguirlo.
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