Itagüí sabe y huele a Ponybaloncesto. Solo quien va y visita el coliseo cubierto Óscar López y su cancha auxiliar puede conocer in situ lo que se siente en esa porción de territorio sureño que disfruta el juego de los pequeños baloncestistas.
A mañana y tarde se juega. Es una jornada continua de este deporte que lleva cinco ediciones dentro de los torneos de la Pony que cada vez cobra mayor importancia.
Niños y niñas se confunden por igual, parecen ser uno solo, así tengan uniformes de los más variados colores. Por gracia del deporte.
Unos son altos, otros muy pequeños, pero igual está puesta a prueba la inmensa garra de gozársela, de pasarla rico, conociendo gente nueva o sacándole ventaja a las limitaciones de algún tipo.
Aún sudoroso Sebastián Betancur Zuluaga, integrante del seleccionado de El Carmen de Viboral, trataba de retomar el aliento después del juego matinal que perdió su quinteto contra Patio Bonito, 61-38.
"Yo tengo un problema en un pie, que cae primero por delante; a veces pierdo el equilibrio y me voy al suelo, pero esto no es una limitación para que pueda disfrutar de lo que más me gusta", relata Sebastián, quien mira con atención el juego que de forma amplia dominan sus colegas de Santa Lucía-Lola González, que con su figura Laura Hernández, daba cuenta por 47-22 al Santa Librada del Huila.
"El Ponybaloncesto es una dicha porque uno conoce gente nueva, se hacen amigas y se aprende mucho. Es una bella experiencia y es genial jugar aquí", es la voz animada de Laura, marcada con el número 7, quien le hace la segunda a su compañera Diana Prens, la jugadora más alta del torneo que se disputa en Itagüí (1.86 y 13 años), de ese en el que todo huele y sabe a baloncesto.
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