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Una clase bajo el frondoso árbol

CON EL RUMOR del mar como fondo musical, estudiantes de algunos grados de la Institución Educativa Punta de Piedra en Turbo, reciben clase. Las aulas no alcanzan y algunas se encuentran en mal estado. Los jóvenes expresan sus sentimientos.

  • Una clase bajo el frondoso árbol | Henry Agudelo | Las deficiencias en la estructura escolar hace que algunas clases se dicten a campo abierto. Uno de los deseos de los estudiantes es que les pongan atención y se construya una casa de la cultura a la que no entren las malas costumbres ni los vicios. Sería la manera de expresarse en una vereda de unas 250 casas dispersas a la que la fortuna se ha retardado para llegar.
    Una clase bajo el frondoso árbol | Henry Agudelo | Las deficiencias en la estructura escolar hace que algunas clases se dicten a campo abierto. Uno de los deseos de los estudiantes es que les pongan atención y se construya una casa de la cultura a la que no entren las malas costumbres ni los vicios. Sería la manera de expresarse en una vereda de unas 250 casas dispersas a la que la fortuna se ha retardado para llegar.
05 de junio de 2010
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El murmullo de las olas del mar no proviene del sonido de una película en la clase. El viento con sus olores y sabores marinos no mueve el cabello de actores lejanos sino el de estudiantes sentados alrededor del kiosco.

Jamer, el profesor del área problematizadora, como la llama, preside la reunión.

Hoy no hablarán de la historia ni de participación ciudadana. Sólo contarán su día en Punta de Piedra.

Hace rato sacaron sus pupitres del aula. Son las 10 de la mañana y no hace, en verdad, mucho calor.

El colegio de esta vereda de Turbo, a unos 10 kilómetros de la cabecera, limita con el mar en pleno Golfo de Urabá. Por el otro costado, la cancha casi besa la carretera que comunica con Necoclí. La sede no está cercada.

A unos 20 metros, otro grupo recibe clase bajo un frondoso árbol. Las instalaciones no son diferentes a muchas de las instituciones desparramadas por la geografía antioqueña.

No hay salones para todos los grados y por eso hay doble jornada. Tres de las aulas están en precarias condiciones y no les funciona la ventilación.

Wilson, uno de los muchachos en el círculo, comenta que "sufrimos problemas graves. No se concentra uno, por el calor. Necesitamos más chozas para salir y concentrarnos más".

El profesor Jamer enumera una a una las otras necesidades: falta de laboratorios, cocina escolar en una deteriorada casucha de madera, carencia de salón múltiple, no tienen comedor.

Los 10 computadores son viejos, sin sonido y no tienen internet.

Onalvis, del grado 9°, agrega: "No tenemos implementos deportivos y la clase de educación física se hace muy teórica".

Merly, de 10°, añora un buen espacio para el descanso. Pese a la amplitud del terreno, una manga atravesada por los bloques de aulas, no se presta para aprovechar el tiempo libre.

El mar calmado de la mañana murmura por detrás y unos niños juegan con olas y palos.

Tantas necesidades, que saben incidirán en su futuro, no es lo que más les preocupa. "Esta región es muy rica. La violencia nos rezagó, no nos dejó pensar", resume el profesor. El caserío padeció una masacre un 27 de diciembre de un año que se va llevando el olvido.

Poco a poco salen de ese letargo. Y aunque pocos sueñan con la vida universitaria, quieren un lugar para reunirse y proyectar sus capacidades. La vena artística se nota. Una casa de la cultura que los distraiga y permita expresar lo que llevan por dentro, es hoy un espejismo que, aunque a veces los ilusiona, pronto se va con la brisa que suave se insinúa.

Sueños de estudiante atizados por la esperanza de una juventud que discurre en una región que hoy brinda un poco de más tranquilidad.

María Ester resume el proyecto de reciclaje y Merly insiste en que deben reforestar la cuenca del río. Abimael describe el proyecto de participación ciudadana para que el pueblo tome conciencia de sus derechos y deberes.

Las clases al natural impregnan el ambiente con un aroma de nostalgia. Y aunque parece una postal de la ruralidad, recuerda que en el fondo algo no anda bien.

En la Institución de Punta de Piedra estudian 546 niños y jóvenes, llegados algunos de retirados caseríos.

Abimael se siente de todas maneras orgulloso de estudiar allí y de sus profesores. Si la clase problematizadora (Sociales) del profe Jamer los pone a pensar y a no tragar entero, habrán dado un paso seguro.

Son las palabras de una clase bajo un frondoso árbol y a la sombra de un kiosco a cuyas espaldas el mar no deja de mecerse trayendo el rumor de lejanos parajes.

En Punta de Piedra faltan aulas e implementos, pero la esperanza vive, como los niños que no dejan de jugar con las olas.

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