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Una novena con esfuerzo y sabor a barrio

EN LA CRUZ empieza hoy una novena multitudinaria. Casi todos los niños del barrio llegan a la escuela de la Fundación Teresa de Calcuta, estiman que serán entre 600 y 800. El día de los regalos esperan 1.500.

  • Una novena con esfuerzo y sabor a barrio | Julio César Herrera | En la novena que celebra el sacerdote Miguel Pérez Vega las niñas hacen coreografías con los villancicos de siempre.
    Una novena con esfuerzo y sabor a barrio | Julio César Herrera | En la novena que celebra el sacerdote Miguel Pérez Vega las niñas hacen coreografías con los villancicos de siempre.
15 de diciembre de 2011
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Eran las 9 de la mañana de un lunes lejano. El primer día de una semana de hace 13 años en el que empezaría un éxodo con una tierra prometida lejana.

Yamid de Jesús Estrada cogió a sus tres hijos y con otras 25 familias huyó, porque no hay otra palabra, de la zona rural de Uramita, tenía que cruzar un puente custodiado por un grupo armado del que ya no quiere recordar el nombre y sabía que si la veían la podían matar. Solo arrancó a caminar y mientras lo hacía empezó a recitar letanías, "que por Cristo no nos puedan ver". "Y vea", dice Yamid con esa gracia con la que habla, y rápido, "aquí estamos".

Después de varios años y luchas, esta mujer llegó a La Cruz, cuando el barrio no tenía nada. Ni pavimento, ni calles, solo rastrojo y trochas, "éramos muy pocos y nos faltaba todo".

"Es que a mi me ha tocado sufrir mucho", dice, recordando las penas y luchas que ha pasado en los últimos años, pero lo dice con una sonrisa, "me dan en la cabeza, soy muy de malas. Yo no volví a molestar con eso de demostrar que soy desplazada porque siempre voy con la carta y me rechazan".

El Moisés prometido
Para llegar a la tierra prometida hace falta un Moisés, un líder que guíe al pueblo, un pastor que lleve a descansar al rebaño. En eso se convirtió el sacerdote Miguel Pérez Vega y la Fundación Teresa de Calcuta para Yamid y su familia y para casi 1.500 niños que este diciembre celebrarán la Navidad con él.

Arriba en La Cruz, las niñas ensayan coreografías al son de villancicos, con sus manos cortan la neblina que se mete por el frente de esa escuela-mirador que la Fundación ha ido construyendo con la ayuda de algunos desde hace tres años. Y es que desde allá se ve gran parte de Medellín.

Es una zona rural en la que la presencia de la administración se mide por un CAI periférico y una pequeña escuela.

En un rincón del patio de la escuela armaron, el miércoles, un pesebre. Al establo todavía no ha llegado el Niño Dios, no ha nacido y los regalos apenas vienen en camino, se buscan más, porque son 1.500 los que buscan.

Según las cuentas que hace el sacerdote, y lo que ha pasado los dos años anteriores, para los días de la novena llegarán uno 600 u 800 niños por día, pero la cifra se duplica cuando llegue el momento de los regalos.

Miguel se para en la punta del patio de la escuela, que está elevado más o menos un metro y medio de la carretera y señala las montañas que rodean el sector para decir que no sabe cómo la noticia de la novena se riega por todos los barrios, pero no lo dice en tono de reproche, sino de felicidad, como si supiera que el cometido se va a lograr, aunque de los más de mil regalos no tiene ni el 20 por ciento, el resto son promesas y hasta que no los vea, hasta que no lo compruebe con los sentidos, como santo Tomás, no cree que lleguen.

Hoy, quizá mientras usted lee este periódico, los niños de La Cruz estén bailando, porque la cita de la novena es a las 10 de la mañana para que vaya mucha gente y para que puedan repetir en otras partes en la noche. Hay actividades especiales para madres jóvenes, de 14, 15 y 16 años y les regalan pañales, teteros, leche. También hacen una fiesta de Navidad para ancianos, "porque nadie piensa en ellos. Oficiamos una misa y les damos el almuercito".

A una familia le habrá tocado llevar confites, y si hay dinero, quizá natilla y buñuelos, porque la novena la hacen entre todos, entre una lista que tiene el sacerdote de 200 familias.

Yamid dice que la novena es una fiesta, que todo esto le recuerda lo duro que le ha tocado en la vida. Y cierra los ojos sin dejar de hablar, porque es sino preguntarle para que se despache, y reconoce que está feliz ahora. Parece que estuviera, en la tierra prometida.

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