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Volver al colegio

  • Ana Cristina Restrepo Jiménez | Ana Cristina Restrepo Jiménez
    Ana Cristina Restrepo Jiménez | Ana Cristina Restrepo Jiménez
24 de enero de 2012
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Si todos los oscuros secretos de la maternidad fueran revelados, tal vez se extinguiría nuestra noble especie. Muchas contemplamos ese pensamiento por primera vez a punto de parir, cuando la dilatación pasa de siete centímetros y lanzamos improperios contra el obstetra de turno (y al padre del bebé, como corresponde).

No obstante, esa es la parte fácil. Basta pasar al tomo crucial de la enciclopedia de la vida: la crianza. De ahí, un capítulo no apto para renuentes a la norma: volver al colegio.

Y no es sólo por el asunto de las tareas ¿el tiestazo de la manzana de Newton, morder la de Adán, y pasar el bocado con Darwin, aceptando que somos primos de los monos?; tampoco es suficiente con reconocer a la brava la utilidad del coseno de theta en la vida, ni mantener a la mano un alfiler para estallar las burbujas de contact en el forro de los cuadernos.

Volver al colegio es reciclar los uniformes de los hijos o primos mayores, disimulando el rastro de sus antiguos propietarios? (El inventor del quita-manchas de jugo de mora: ¡he ahí al genio a quien quisiera conocer!).

Nadie me dijo que la vara de medir mi desempeño como madre consistiría en resignarme y sonreír ante los designios de "la institución", y lucirme con "algo rico" en el bazar (dármelas de ser capaz de preparar una bandeja de alimentos sin quemar y medianamente comestibles).

Nunca me advirtieron sobre el retorno del pánico: desconfiar del reloj despertador, sentir pálpitos a medianoche porque a los niños los dejará la buseta, y revivir en la figura del rector a un fantasma del pasado. (En mi imaginación, lo veo investido de hábito, brazos en jarra, y sonrisa de Madre Superiora: "No todos los colegios son para todas las niñas, SeñoritaRRRestrepo").

El colegio es una experiencia maravillosa, pero una vez es suficiente.

Volver es refunfuñar por cuenta de la profesora que, entre miles de libros y autores, les exige a sus alumnos leer los dos agotados en la ciudad. Es "desgañotarse" por conseguir los útiles a un precio razonable y negociar material escolar usado con los padres de niños mayores.

Es echarle vinagre blanco al champú y librar una guerra sin cuartel contra los piojos. Es revisar las medias, una por una, para ver qué roto es inremendable (léase "irreparable") y verificar si algún par de zapatos sobrevivió al crecimiento desmedido de una criatura en edad escolar. Tratar, en la medida de lo posible, que nuestros hijos no parezcan sacados de un cuento de Dickens.

Pero volver al colegio es, también, reencontrarse en circunstancias gratas (no impuestas, sin el castigo de "la nota") con Pedro Páramo, La Vorágineo Cien años de Soledad ? y colorear, inventar, cantar, rimar, adivinar, buscar? conjugar uno de los verbos más hermosos: ¡descubrir! (Literalmente: quitar el velo).

Cuando llega el gran día, los hijos corren a la buseta, estrenando uniformes heredados, voleando un morral pesado, frenéticos por volver a sus amigos y profes? a su segundo hogar.

Año tras año se repite la misma escena: en el umbral de la puerta, tras un beso afanado y un hondo silencio (la ausencia, desgarradora, de la alegría de la casa), se escapa un par de lágrimas. Siempre, sobre las mejillas de mamá.

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