Si usted pregunta en Manrique o en el Popular 1 por el doctor Molina, lo llevan hasta su consultorio en el parque de Villa Guadalupe. Durante el trayecto, fácilmente le pueden hablar de cientas de sus bondades, pero lo que más resaltan es que tiene “el palito para todo”. Lleva 40 años en el mismo sector, y aunque en ese tiempo se ha mudado varias veces, la gente lo sigue a donde vaya, e incluso cada día le llegan más pacientes, no solo de la zona nororiental de Medellín, sino también de otros municipios de Antioquia.
Entrar a su consultorio es como entrar a una casita de esas acogedoras que hay en tantos barrios de la ciudad. Atiende de lunes a viernes de 2 a 6 de la tarde en orden de llegada, por lo que la gente va desde antes para no quedarse sin su revisión. El horario es solo una referencia, pues son tantos los que acuden a él que a veces le toca quedarse hasta las 8 o 9 de la noche, pero dice que no se va hasta no ver vacía la sala de espera.
Jairo Alberto Molina Del Águila tiene 71 años y se graduó como médico de la Universidad de Antioquia en 1985. Hizo su rural en el municipio de Apartadó, en el Urabá antioqueño, pues el clima de allí le traía recuerdos de su natal Barranquilla, donde nació y se crio con otros 10 hermanos. Teniendo 21 se vino a estudiar a Medellín.
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Una vez terminó su pregrado, un colega suyo le habló de un médico que trabajaba en un consultorio en Villa Guadalupe, Manrique, y le mencionó que solo estaba atendiendo en horas de la mañana, por lo que allí podría encontrar un espacio en la tarde para hacer sus primeros “pinitos”.
Podría decirse que ese fue el inicio de Molina Del Águila como médico: atendiendo a personas que no siempre tenían dinero para pagar una consulta o comprar un medicamento. Pero esto nunca fue impedimento para ejercer su labor.
Dice que en aquel entonces, por cita, cobraba $150, un precio que para la época ni era mucho ni tampoco cualquier minucia. Era una tarifa apenas pagable para sus pacientes, quienes muchas veces, ante la necesidad, llegaban a él con la mera esperanza de ser atendidos, y este nunca les dio un “no” como respuesta.
Desde que empezó y hasta ahora, escribe a mano todos los diagnósticos de sus pacientes en cuadernos y agendas. Lo hace en letra cursiva, como le enseñó su madre y, a decir verdad, a diferencia de otros médicos, a este sí se le entiende un poco.
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