Eso pasó durante dos minutos, que mucha gente también aprovechó para ir al baño. Por fin, en la tercera semana del Mundial de Norteamérica, parece que encontramos sentido a las pausas de hidratación que la Fifa instauró en la mitad de cada tiempo: son para que los aficionados, quienes están en el estadio y aquellos que se reúnen en lugares como en Fan Fest de la Federación Colombiana de Fútbol en Medellín, pongan en equilibrio las emociones, se estiren, liberen la tensión del juego.
En la cancha, los futbolistas se hidrataban para amainar la humedad de Miami. En el coliseo de Medellín, a 2.245 kilómetros de distancia, los hinchas tomaban algo para evadir el desespero del calor que generan tantos cuerpos juntos, quietos, pero moviendo los brazos, saltando, en un espacio tan pequeño.
Antes de esa pausa, los hinchas se habían ilusionado con los acercamientos de la Selección Colombia al arco defendido por Diogo Costa. Entonces los hinchas se ponían de pie, alentaba, empezaba a escucharse, como un cuchicheo, el grito que genera la mezcla entre la ansiedad y la inminencia de un gol.
Sin embargo, cada vez que futbolistas como Jhon Arias, Luis Díaz, James Rodríguez, Jhon Córdoba y Luis Suárez erraban, la emoción del grito se amainaba con un “ahhh” profundo que muchos remataban con una mano en la cabeza o un insulto al aire: “hay que meterlo”, anotaban.
Entre tanto, también hubo mucho nerviosismo cada que Portugal, sin importar que fuera Cristiano Ronaldo, o cualquier otro jugador, se acercaba a la portería defendida por Camilo Vargas. “No, no, no”, exteriorizaron muchos, con la fuerza de quien tiene una fe ciega en sus plegarias, en la jugada más clara que tuvieron los lusos: un remate de Bruno Fernandes, solo, dentro del área. El balón fue atajado por el arquero colombiano.
La dinámica se repitió durante todo el partido. Sin embargo, con el paso de los minutos dio la sensación de que la conexión de la gente con la Selección aumentó. Las opciones creadas por el equipo dirigido por Néstor Lorenzo ilusionaban tanto que el sonido de las vuvuzelas se volvía ensordecedor y sobrepasaban la voz de los narradores de tv.
Lo mismo ocurrió cuando entraron a la cancha los antioqueños Richard Ríos, Juan Fernando Quintero y Daniel Muñoz, que por decisión de Lorenzo fueron suplentes en el duelo ante los portugueses. En la tierra de los paisas, se sintieron alegres de ver cómo sus hijos triunfaban.
Al final del encuentro llegó la emoción que faltaba. Colombia hizo gol. Dávinson Sánchez celebró. El Iván de Bedout, ya oscuro porque los organizadores apagaron la luz, pareció caerse en medio de la alegría de la gente. Pero el juez lo invalidó por fuera de lugar. Sin embargo, la fiesta de Colombia no se empañó.