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Casi 1 millón de muertos en tres meses: así fue el genocidio en Ruanda hace 26 años

En estas masacres sistemáticas, del siglo pasado, fue eliminado el 75% de la población Tutsi.

  • El genocidio cambió la población de Ruanda al punto de que solo 6 % de las personas tiene más de 55 años. FOTO: Reuters
    El genocidio cambió la población de Ruanda al punto de que solo 6 % de las personas tiene más de 55 años. FOTO: Reuters
  • En julio de 1994, entre 600.000 y 1.000.000 de rfugiados ruandeses llegaron como refugiados a la República Democrática del Congo. FOTO: Médicos sin Fronteras.
    En julio de 1994, entre 600.000 y 1.000.000 de rfugiados ruandeses llegaron como refugiados a la República Democrática del Congo. FOTO: Médicos sin Fronteras.
  • FOTO: Médicos sin Fronteras.
    FOTO: Médicos sin Fronteras.
  • Un joven tutsi y su hermano en el hospital de Médicos Sin fronteras en KIgali. El joven fue obligado a abandonar el hospital por las fuerzas militares y asesinado a 100 metros de allí. FOTO: Médicos sin Fronteras
    Un joven tutsi y su hermano en el hospital de Médicos Sin fronteras en KIgali. El joven fue obligado a abandonar el hospital por las fuerzas militares y asesinado a 100 metros de allí. FOTO: Médicos sin Fronteras
  • Niña hutu se sienta entre una multitud de unos 10.000 refugiados en República del Congo en agosto de 1994. FOTO: Reuters
    Niña hutu se sienta entre una multitud de unos 10.000 refugiados en República del Congo en agosto de 1994. FOTO: Reuters
Conmemoración del genocidio de Ruanda: el intento de exterminio de los tutsi
06 de abril de 2020
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Por: Juan Manuel Flórez Arias

Francois*, un joven profesional de la capital de Ruanda, Kigali, tiene la misma edad que la historia que lleva escuchando toda su vida: en abril de 1994, los miembros de la comunidad hutu salieron con machetes en la mano y, todos los días entre las 9 de la mañana y las 4 de la tarde, destajaron a sus vecinos tutsis. Al final de cada jornada, volvieron a sus casas, encendieron la radio y escucharon una voz que les decía: “Buen trabajo”.

Durante tres meses, los que intentaron huir escondiéndose en los pantanos o en las montañas fueron cazados por aquellos que hasta hacía unos días eran sus compañeros de trabajo, o los curas de su barrio, convertidos entonces en mutiladores. Para cuando paró la masacre, había 800.000 cadáveres por todo el país.

El joven conoce la historia de memoria, y a la vez, no le puede ser más ajena. A pesar de que está en los libros de texto de los colegios, en las conversaciones familiares en susurros y en los discursos televisados del presidente Paul Kagame, en el poder desde el fin del genocidio, Francois creció escuchando un relato que, en sus detalles fundamentales, ignora.

Él sabe, por ejemplo, que su padre fue asesinado durante los primeros días de la masacre y que su madre, Collette, se salvó al huir con sus hermanos mayores –una niña de 3 años y otro de 2– hacia la frontera con Tanzania. No sabe, en cambio, que para sobrevivir ella dejó que los hutus que encontraba en el camino la violaran todos los días; que no estaba embarazada antes del inicio de la masacre, y que él, contrario a lo que ha creído toda su vida, es hijo de uno de esos victimarios anónimos.

En julio de 1994, entre 600.000 y 1.000.000 de rfugiados ruandeses llegaron como refugiados a la República Democrática del Congo. FOTO: Médicos sin Fronteras.
En julio de 1994, entre 600.000 y 1.000.000 de rfugiados ruandeses llegaron como refugiados a la República Democrática del Congo. FOTO: Médicos sin Fronteras.

Enseñar a odiar

Para un extranjero, resulta difícil diferenciar a un hutu de un tutsi. El abogado peruano Gonzalo de Cesare, quien estuvo en el país entre 1997 y 1999 como miembro del Tribunal para Ruanda que juzgó los crímenes del genocidio, recuerda que le costaba identificar las narices menos respingadas de los tutsis o los ojos ligeramente más separados de los hutus.

Para los belgas, en cambio, quienes colonizaron Ruanda entre 1921 y 1961, la diferencia era más clara: “Cualquiera que tuviera más de 10 vacas era tutsi y, el que no, hutu”, explica Jerónimo Delgado, profesor de Estudios Africanos de la Universidad Externado. Ese sistema de castas, con una raíz más económica que étnica, hizo que los tutsis –la clase minoritaria pero dirigente, aliada con la colonia– pasaran a ser un grupo discriminado luego de la independencia en 1962.

FOTO: Médicos sin Fronteras.
FOTO: Médicos sin Fronteras.

La tensión entre ambos bandos se mantuvo por décadas, con víctimas esporádicas, como una amenaza que los tutsis escuchaban a veces mientras iban al supermercado o salían del colegio: “Deberían matarlos a todos ustedes”.

Fue así hasta las 8 pm del 6 de abril de 1994, cuando estalló el avión en el que viajaba el presidente hutu, Juvénal Habyarima, al mismo tiempo que la guerrilla tutsi armada en la frontera con Uganda –el Frente Patriótico Ruandés (FPR), liderado por Paul Kagame– entró al país con la intención de tomar el poder.

La respuesta del gobierno hutu no fue la guerra, sino el exterminio. Su prioridad, en lugar de enfrentar al FPR, fue la activación un plan para acabar con los civiles tutsis, gestado en las oficinas gubernamentales de Kigali meses antes. Incluía la creación, en 1993, de la emisora RTLM para transmitir un mensaje que, sistemáticamente, erosionaría la idea de que los tutsi eran humanos.

Durante los meses previos al genocidio, cada noche, los ruandeses que encendían su radio se dormían escuchando una voz que decía: “Su aspecto es horrible, con ese pelo espeso y barbas llenas de pulgas. Se parecen a los animales. En realidad, son animales. Son cucarachas. Cojan palos, garrotes y machetes y eviten la destrucción de nuestro país”.

Enseñar a matar

Asesinar con un machete vuelve consciente el acto de matar. Lo saca del abstracto que protege a aquel que asesina apretando un botón o activando un gatillo. También, lo hace más silencioso. La muerte recupera su brutalidad, pero deja de venir anunciada por un sobresalto.

Ese silencio fue común en las montañas cerca de la iglesia de Ntarama, donde se refugiaron algunos de los sobrevivientes de la masacre luego de los primeros días de horror en las ciudades.

Lea también: La historia del asesino que evadió la justicia por 13 años fingiendo ser otra persona

Allí, como cuenta el periodista Jean Hatzfeld en su libro, “La vida al desnudo”, los amantes que se encontraban por casualidad entre las chozas, luego de haber sobrevivido otro día ocultos entre los matorrales, no encontraban “palabras sinceras ni gestos de amabilidad para intercambiar”.

Solo callaban, como devueltos a su forma más básica, cada cual enfocado en salvarse a sí mismo. Jean-Baptiste Munyankore, un maestro de 60 años cuyo hijo de 14 tropezó mientras huían por los pantanos, descubrió que seguía corriendo sin devolver la mirada, mientras atrás oía los golpes secos.

Un joven tutsi y su hermano en el hospital de Médicos Sin fronteras en KIgali. El joven fue obligado a abandonar el hospital por las fuerzas militares y asesinado a 100 metros de allí. FOTO: Médicos sin Fronteras
Un joven tutsi y su hermano en el hospital de Médicos Sin fronteras en KIgali. El joven fue obligado a abandonar el hospital por las fuerzas militares y asesinado a 100 metros de allí. FOTO: Médicos sin Fronteras

Con la repetición, todo se vuelve un protocolo, incluso la muerte. Los horarios de exterminio de los hutus se cumplían con la precisión de una jornada laboral. Los tutsi se acostumbraron a tenderse en los pantanos a las 9 de la mañana, cuando escuchaban llegar cantando a los asesinos, y a levantarse a eso de las 4 de la tarde, abandonar a los muertos o a los mutilados que se desangraban y, en la noche, hablar entre ellos de las víctimas de la jornada hasta dormirse.

En julio de ese año, cuando tras tomar la capital las tropas del FPR recorrieron el país y llamaron los tutsis para que salieran de sus escondites, nadie se movió. “Desconfiábamos de todos los seres humanos de la tierra”, recuerda Francine Niyitegeka, una agricultora que para ese momento tenía 25 años. Esa sensación, de alguna forma, nunca se fue.

Enseñar a recordar

Celia Román llegó desde Barcelona al campo de refugiados del genocidio Ruanda, ubicado en la frontera con Tanzania, en junio de 1994. Tenía 25 años, era miembro de Médicos Sin Fronteras y su madre estaba horrorizada por el destino de su primera misión.

Había tantos refugiados en Ngara, la localidad donde instalaron los campamentos, que se convirtió en pocos meses en la segunda ciudad más poblada de Tanzania. En medio de esa inmensidad de tiendas de plástico que acogían a los tutsi que habían escapado de los machetes, pero no de la malaria o el cólera, estaba Collette con sus tres hijos: uno en cada mano y Francois en el vientre.

También llegó hasta allí Tamati, un niño de 7 años cuya familia había muerto y que, casi siempre, pasaba el tiempo cerca del hospital en el que trabajaba Celia. Comía con los médicos voluntarios y jugaba a solas, mientras ellos trabajaban.

No podían decirse mucho entre ellos. Él solo hablaba sajili. Se valían como podían de los gestos. Los que más recuerda Celia eran los de enojo. El niño la señalaba a ella e imitando con su mano la forma de un machete se hacía un tajo imaginario en el brazo. “No era una amenaza. Para él, ese gesto significaba estar enojado”.

Niña hutu se sienta entre una multitud de unos 10.000 refugiados en República del Congo en agosto de 1994. FOTO: Reuters
Niña hutu se sienta entre una multitud de unos 10.000 refugiados en República del Congo en agosto de 1994. FOTO: Reuters

Si sobrevivió, Tamati debería tener más de 30 años. Ya habrá superado la expectativa de vida en Ruanda en 1994, que era de solo 29 años y, según el Banco Mundial, aumentó hasta 67 durante este tiempo.

No ha sido el único progreso. Tras el genocidio, Ruanda, se convirtió en un país con un crecimiento económico entre los 10 mejores de África –8 % en 2018– y con la mayor cantidad de mujeres en el parlamento, con 63 %.

Pero, como señala Florent Frasson, profesor de relaciones internacionales de la Universidad Javeriana, es también una sociedad con miedo, al disenso y a la memoria, que durante el largo gobierno de Kagame permanece bajo una especie de pacto tácito por recordar solo lo suficiente. En la que el pasado, a veces, se tuerce para elegir no saber. Ya sea la procedencia de un joven cuyo padre fue un victimario o la vergüenza de un anciano que siguió corriendo mientras su hijo era asesinado.

Luego de una guerra, llegan las explicaciones. Tras un genocidio, en cambio, hay sobre todo silencio. La historia insiste en volver a contarse, así sea en voz baja y cuando nadie mira, pero todas las explicaciones fracasan, vuelven a llevar inevitablemente a un terreno detenido en el que no caben las palabras.

*El nombre fue cambiado para proteger la identidad. Su historia fue conocida por el abogado Gonzalo de Cesare mientras estuvo en Ruanda entre 1997 y 1999.

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