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LA INTOLERANCIA

22 de febrero de 2015
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Uno de los valores que inspira la convivencia civilizada es el de la tolerancia –al mismo tiempo un principio filosófico que también se expresa como la norma de la libertad religiosa–, esto es, como dice el léxico en una de sus acepciones, el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias; se trata de una idea arraigada en lo más profundo de la historia humana, al punto de que muchos hombres han sacrificado sus vidas al hacer un llamado para que –por encima de todo– prime el respeto por nuestros congéneres; los paradigmáticos ejemplos de Sócrates, Jesucristo, Gandhi, entre otros, así lo atestiguan.

Desde 1689, lúcidas mentes como la de John Locke han dicho que “los derechos civiles no deben ser violados o cambiados por la religión” y que “la fuerza no puede dominar las creencias de los hombres ni plantar algunas nuevas en sus pechos” (Carta sobre la tolerancia, Madrid: Mestas, 2001, págs. 56 y 111). Y, en 1763, un pensador tan significativo como Voltaire, al escribir páginas esplendentes sobre el asunto con motivo de la arbitraria muerte de Jean Calas, recordaba que los antiguos pueblos civilizados nunca estorbaron la libertad de pensar: “Todos tenían una religión; pero me parece que la utilizaban con los hombres del mismo modo que con sus dioses: todos reconocían un dios supremo, pero le asociaban una cantidad prodigiosa de divinidades inferiores; no tenían más que un culto, pero permitían una multitud de sistemas particulares” (Tratado sobre la tolerancia, Madrid: Espasa Calpe, 2006, pág. 96).

No obstante, cuando hoy uno abre las páginas de cualquier periódico, enciende el aparato de televisión u observa la manera como nos comportamos los seres humanos en los más disímiles escenarios, presencia la forma aterradora como la intolerancia se ha apoderado de todos los escenarios. Al comenzar el año, no más, el mundo espantado vio morir en París a los periodistas del Semanario francés “Charlie Hebdo” porque ridiculizaban al profeta Mahoma, en manos de terroristas que dijeron pertenecer al llamado Estado Islámico, el mismo que acaba de decapitar a veintiún cristianos coptos secuestrados en Libia, algo que nos retrotrae a las épocas de la más cruda barbarie e indica que el planeta camina hacia el abismo.

El fantasma de la intransigencia, del irrespeto por las ideas ajenas, pues, sacude al mundo entero; nos devoramos como fieras, perseguimos a quienes no piensan igual; es el gobierno de la sinrazón y la barbarie. Es como si ese mal se hubiera enseñoreado y todo quedara cobijado por su paso demoledor; “es el derecho de los tigres, y es mucho más horrible, porque los tigres solo desgarran para comer, y nosotros nos hemos exterminado por unos párrafos” (Voltaire, idem, pág. 96).

Esta vesania tiene que parar y, en su lugar, se deben imponer la reconciliación y el respeto por el otro, para que por fin el género humano avance triunfante por sus sendas de progreso y libertad; tienen que resurgir la cordura y la mansedumbre. El planeta tierra, esa pequeña canica de cristal de la vía láctea (perdida en el cosmos entre miríadas y miríadas de galaxias), debe ser un lugar donde todos quepamos con nuestras diferencias y discrepancias; de tal manera que, en forma armoniosa, nos podamos desempeñar como seres llenos de potencialidades, sin que las diferencias de cultos o creencias sean motivo de terror.

La tierra nos ha sido regalada para disfrutarla y dignificarnos, para que la compartamos y nos engrandezcamos como hermanos; ella no puede ser el escenario para los odios irreconciliables y el continuo baño de sangre que hoy la sacude. El camino, como lo recordó nuestro gran poeta Gonzalo Arango, es uno solo: “Si llevas el paraíso en la mente, lo verás en la gente, los pájaros, las fuentes, los árboles y las piedras del camino. ¡Fraternidad viviente!” (Adangelios, Bogotá: Montaña Mágica, 1985, pág. 89).

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