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El reformador de favelas de Río de Janeiro habló en Medellín de ‘urdimbrizar’

Jorge Mario Jáuregui, arquitecto y urbanista argentino, autor del programa Favela Barrio de Río de Janeiro (Brasil), estuvo en Medellín esta semana y habló de los retos y oportunidades del Centro de la ciudad.

  • Adelante, el urbanista y arquitecto argentino Jorge M. Jáuregui. Atrás, panorámica del Centro de Medellín. Foto: Andrés Camilo Suárez y Julio César Herrera.
    Adelante, el urbanista y arquitecto argentino Jorge M. Jáuregui. Atrás, panorámica del Centro de Medellín. Foto: Andrés Camilo Suárez y Julio César Herrera.
hace 1 hora
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El arquitecto y urbanista argentino Jorge Mario Jáuregui, radicado en Río de Janeiro, visitó Medellín esta semana en el marco del foro de renovación urbana del Centro realizado en la Cámara de Comercio, con apoyo de EL COLOMBIANO.

Jáuregui es arquitecto de la Universidad Nacional de Rosario y urbanista de la Universidad Federal de Río de Janeiro. Desde 1990 trabaja en la reurbanización de las favelas de esa ciudad, en particular en el Complexo do Alemão, un trabajo que le valió en 2000 el Premio Verónica Rudge Green de Diseño Urbano, de la Universidad de Harvard —el primero otorgado a un latinoamericano—. Conversamos con él sobre Medellín.

Usted acuñó la palabra “urdimbrizar” la ciudad. ¿A qué se refiere?

“Es una referencia al oficio de la tejedora: con aguja o con telar, ella teje y conecta hilos más gruesos y más finos. Es exactamente el trabajo que tenemos que hacer los urbanistas en la ciudad: coser los hilos de distinto grosor —vías principales, secundarias, terciarias, cuaternarias, peatonales y vehiculares—, jerarquizarlas, reconectar, redistribuir y reencauzar los flujos de tránsito.

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Ese es uno de los trabajos pendientes, junto con pensar dónde sería posible instalar nuevos edificios de vivienda en el Centro, con calidad constructiva, arquitectónica y urbanística, conectados a la ciudad, y sin la planta baja cerrada con un portón. Hoy queremos que esas dos partes se conecten de forma más flexible, ya sea en un edificio de vivienda, comercial o en un hotel”.

¿Cómo se redescubre un Centro para que vuelva a ser un destino atractivo?

“Eso tiene que ver con varias cosas. Primero, creo que hay que hacer campañas de educación. Cuando yo hacía proyectos en Río, antes de construir hacíamos reuniones en todas las escuelas de los barrios de alrededor —en un radio bastante amplio— para mostrar qué se iba a hacer. Los niños entendían, iban a sus casas y les contaban a sus padres, que muchas veces no tenían tiempo de asistir por estar trabajando. Esa difusión, desde los más pequeños, cumple una función didáctica: mostrar cuál es el beneficio, a quién le va a servir, cómo va a cambiar la vida cotidiana.

Creo que hay que preparar preproyectos —hipótesis de proyecto—, presentarlos en el Centro y en todos los barrios que hacen frontera con él, y buscar consensos en materia de movilidad y de seguridad. ¿Y qué es la seguridad? El lugar más seguro del mundo es el que está vivo y activo las 24 horas. No hay policía que garantice eso; es el ciudadano usando el espacio público el que lo garantiza.

Pero para que el ciudadano use ese espacio necesita mobiliario adecuado, condiciones para protegerse del sol y de la lluvia, y un paisaje agradable que dé ganas de estar afuera y no encerrado en la casa —de citarse con amigos afuera y no adentro—. Para eso hacen falta mobiliario urbano adecuado, edificaciones recalificadas y abiertas en su planta baja, buena iluminación pública —fundamental de noche— y una pluralidad de actividades: artesanías, productos a la venta, o solo el gusto de sentarse a mirar una escultura de Botero, un edificio bonito o una calle con una buena arboleda.

La dignidad de la vida cotidiana es lo que hay que promover en el Centro, para que todos puedan tener una vida digna, incluso quien vive en la calle. Resolver esto implica una ingeniería social que hay que hacer, poniendo a trabajar juntos a los distintos organismos del poder público y a las asociaciones privadas, junto con los diseñadores, que cumplen un papel fundamental”.

Cuéntenos de dos proyectos que le propuso a la ciudad: las ramblas bajo el viaducto del metro y fuentes de agua como homenaje a la historia de la quebrada Santa Elena, tal como hizo en el río Carioca en Río.

“Hay que rendirle homenaje a esa quebrada. Mostré (en su exposición, que comenzó con Terra de Caetano Veloso) un edificio con una piscina pública en la azotea, no es una idea menor; lo planteé muy en serio. Me gustaría encontrar un edificio —alto, bajo, incluso un parqueadero— al que se le pueda construir arriba una piscina pública, de acceso independiente. Esa piscina cumpliría varias funciones. La primera es la memoria del lugar: recordar que alguna vez se pudo bañar en el Centro. Volvamos a hacerlo, aunque sea de otra manera, en una azotea, con un buen deck y con vista hacia la montaña”.

También aprendió acá el verbo “juninear”, que hizo parte del cierre de su ponencia sobre la ciudad amable. ¿Qué significa y por qué dijo que todo el centro debería ser “juniniable”?

“Solo alcancé a ver una parte del Centro, no todo, en la caminata lenta que hicimos, deteniéndonos en cada lugar. Pero creo que hay que armar distintos itinerarios. Yo, como extranjero que llega a Medellín y quiere conocer el Centro, necesito un punto de información —en la plaza Botero o en cualquier otra— que me indique las posibilidades: un itinerario A, uno B, uno C, uno D, según el tiempo disponible —más corto o más largo—, o según el tema: histórico, culinario, cultural, artístico.

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Esos recorridos deberían quedar marcados en el piso, con un diseño claro. No sería ninguna innovación: hace mucho tiempo París hizo algo parecido, marcando los lugares donde vivieron sus principales escritores, poetas o políticos. Eso sí, hay que inscribirlo en el suelo con un material pesado, como el concreto, y no en placas metálicas, porque esas se las roban para fundirlas y venderlas.

Noté que faltaban letreros con los nombres de las calles —pregunté por una y nadie sabía dónde estaba el aviso, o era difícil de encontrar—. También hay que hacerle mantenimiento a los jardines que ya se intervinieron en la quebrada: toda obra, en cualquier país, central o periférico como los nuestros en Latinoamérica, necesita mantenimiento y ajustes después de construida, porque las plantas en particular lo requieren.

Vi pisos desnivelados donde uno puede tropezar y caer, y plantas que necesitaban complemento. También harían falta más pérgolas verdes con flores en los tramos con mucho sol; la plaza Botero, por ejemplo, tiene una zona amplia sin ninguna protección solar, que a ciertas horas es imposible de recorrer”.

¿Cuáles son los infaltables de la “ciudad amable” que propone?

“En resumen: recorridos, protección solar, revisión de lo ya construido, rediseño de la señalización, buena iluminación pública. Y algo más: sobra un exceso de postes en los andenes que dificultan el paso del peatón. En un mismo cruce puede haber el poste del pórtico con cámaras, el del semáforo y varios más, uno al lado del otro, cuando muchos de ellos se podrían eliminar para dejar el paisaje limpio, junto con un mejor control de los avisos publicitarios en los edificios.

Hay medidas primarias y secundarias. Las primarias tienen que ver con la infraestructura y el reordenamiento de los flujos diarios. En cuanto a las calzadas y los andenes, en general el centro está bastante bien: son anchos y se puede caminar con comodidad, salvo detalles menores.

Donde sí hay que intervenir más es en la zona más comercial, desde el tramo elevado del metro hacia el sector comercial, hacia el Bronx y hacia el otro costado”.

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